¡Renuncio!

Este año, durante la vigilia pascual, presté especial atención a una parte del rito a la que no le había dado tantísima escucha en años anteriores: la renovación de las promesas bautismales. Es una de esas maravillosas fórmulas de la Iglesia que valdría la pena imprimir y tener en un lugar muy visible, para tener siempre presente nuestro compromiso como cristianos.

Les comparto el texto:

¿Renuncian a Satanás, esto es:
• al pecado, como negación de Dios;
• al mal, como signo del pecado en el mundo;
• al error, como ofuscación de la verdad;
• a la violencia, como contraria a la caridad;
• al egoísmo, como falta de testimonio del amor?

R/. Sí, renuncio.

¿Renuncian a sus obras, que son:
• sus envidias y odios;
• sus perezas e indiferencias;
• sus cobardías y complejos;
• sus tristezas y desconfianzas;
• sus materialismos y sensualidades;
• sus injusticias y favoritismos;
• sus faltas de fe, de esperanza y de caridad?

R/. Sí, renuncio.

¿Renuncian a todas sus seducciones, como pueden ser:
• el creerse superiores;
• el estar muy seguros de vosotros mismos;
• el creer que ya están convertidos del todo?

R/. Sí, renuncio.

¿Renuncian a los criterios y comportamientos materialistas que consideran:
• el dinero como la aspiración suprema de la vida;
• el placer ante todo;
• el negocio como valor absoluto;
• el propio bien por encima del bien común?

R/. Sí, renuncio.

Wow! Leer esto me lleva a cuestionarme si realmente estoy viviendo estas renuncias, o si estoy coqueteando con las seducciones del maligno cuando caigo en la práctica de algunas de sus obras como las envidias, los odios, los complejos, la indiferencia, y muchas otras mas.

Este repaso también me lleva a pensar en lo hermosa que es nuestra Madre la Iglesia, que nos instruye y nos guía en este camino que nos lleva a la salvación.

Le pediré al Señor acordarme siempre de esta promesas, de estas renuncias que hago para seguirlo y alcanzar su Gloria.

La cristiana que no logro ser

Ayer, durante la ceremonia del Viernes Santo, meditaba lo poco que he logrado ser la cristiana que quiero ser: dulce, humilde, preocupada, servicial y siempre donada al prójimo. En pocas palabras: me lamentaba por mi incapacidad de amar. Viendo la cruz, y el amor que Jesús nos manifestó, me siento minúscula y a la vez llevo el peso de la gran responsabilidad que conlleva este título: hija de Dios.

Recuerdo que hace casi 20 años, en una peregrinación al Santuario de Fátima en Portugal, empecé a sentir esta horrible sensación de no dar la talla como cristiana. Y ya he escrito antes acerca de este tema, pero hoy quiero hacer memoria de esa experiencia, cuando me comparé con una chica muy dulce y buena que viajaba con nosotros. Recuerdo como me dolía no poder ser como ella; no poder sonreír en todo momento, no lograr ser desprendida, ni estar siempre atenta a las necesidades de los demás. ¡Tengo tan viva la memoria de mi frustración, de mi dolor!  Yo, al contrario, andaba mal humorada, pensando solo en mi y en mis necesidades, despreocupada de las situaciones ajenas…llena de soberbia y egoísmo.

Y a pesar de haber madurado tanto a nivel intelectual como en mi vida de fe tras estos veinte años, ayer sentí la misma frustración: la tristeza de no lograr ser la cristiana que quiero ser, de seguir siendo indiferente, soberbia, malhumorada, poco paciente y para nada humilde. ¡De no poder amar! Miro a mis hijas y la poca paciencia que a veces les tengo, o a mi esposo, quien a veces se va al trabajo sin que yo le prepare su almuerzo porque tengo la cabeza en mis proyectos… Miro como pasan los días y no busco a aquellos a quien digo amar: mis padres, mis amigos, mi familia extendida. Veo como fallo en cultivar amistades, en contestarle a aquellos que me buscan.

Por eso pido que, con la Pascua, el Señor renazca en mi y sea Él quien me convierta en la cristiana que Él quiere que yo sea. Que me ayude a salir de mi indiferencia, de mi falta de humildad, de mi soberbia y de todo lo que me aleja de cumplir eso que Él pidió en su última cena: amar al prójimo. Él me conoce mejor que yo y sabe donde estoy y a donde no he podido llegar por mis fuerzas.

Por eso, ya no me lamento como hace veinte años. Esta frustración se tornará hoy en esperanza, cuando se encienda el Cirio Pascual. Me anclo en la esperanza de saber que el Señor obra en mi para convertirme en la cristina que Él quiere que sea, a pesar de mi.

Influencers de Dios

Recientemente se celebró en el país donde vivo, Panamá, la Jornada Mundial de la Juventud, un evento extraordinario que reunió cientos de miles de jóvenes de más de 140 países y donde el Espíritu Santo se derramó en bendiciones para todos los que le abrieron su corazón. En nuestro hogar recibimos dos peregrinos: un sacerdote italiano y un seminarista colombiano, ambos en misión en la ciudad de Amsterdam, Holanda. Como nosotros, varias familias recibieron jóvenes y adultos de todos los rincones del mundo.

Durante la jornada, y a través de una serie de eventos, el Papa Francisco se dirigió a los jóvenes con mensajes muy contundentes y aterrizados, utilizando lenguaje relevante y moderno. Fueron muchos los temas que se tocaron, pero en lo personal cinco temas me llegaron directamente al corazón y me invitaron a meditar y a accionar. Aquí los desgloso:

Ser el ahora

Dijo el Papa Francisco: ”Jesús revela el ahora de Dios que sale a nuestro encuentro para convocarnos también a tomar parte en su ahora de «llevar la Buena Noticia a los pobres, la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, dar libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia en el Señor»”.

Esta frase me invita a cuestionarme si estoy actuando en el ahora de Dios, o si solo estoy haciendo planes de santidad que dejo ‘para luego’, porque estoy muy concentrada en mi ahora, y no en el de Él. Jesús ciertamente ha salido a mi encuentro; ¡tengo que vivir Su ahora, no el mío!

Murmuración

Dijo el Papa Francisco: ”Una sociedad se enferma cuando no es capaz de hacer fiesta por la transformación de sus hijos, una comunidad se enferma cuando vive de la murmuración aplastante, condenatoria e insensible. El chisme.”

Y lo primero que me viene a la mente ante esta cita del Papa es el yo confieso que decimos en cada misa: de pensamiento, palabra, obra y omisión. ¡Cuánta murmuración hay en mis pensamientos! ¡Cuánta murmuración, envidia y condena surge de la navegación en redes sociales y ante las victorias de otros! Y aunque no se digan, muchas veces se piensan. Esto me ha hecho examinar más mis pensamientos, ser más consciente o ‘mindful‘ para tratar de sustituir esa condena, esa murmuración, ese juicio, por pensamientos de gratitud, oración y amor. ¡Cuán difícil es, pero tan necesario para la santidad!

Poner etiquetas

Dijo el Papa Francisco: ”Con la vida de la gente parece más fácil poner rótulos y etiquetas que congelan y estigmatizan no solo el pasado sino también el presente y el futuro de las personas. Le ponemos etiquetas a la gente, este es así, este hizo esto, así, así son la gente que murmuran, los chismosos son así. Estos rótulos que, en definitiva, lo único que logran es dividir: acá están los buenos y allá están los malos; acá están los justos y allá los pecadores”.

Esta cultura del adjetivo, de rotular por el pasado, el presente o el futuro, no solo aplica a los demás; aplica también a nosotros mismos, y viene a tronchar nuestra esperanza en la misericordia renovadora de Dios. ¿Cuántas veces me he rotulado a mi misma con algún adjetivo derogatorio, poniendo así límites a la acción del Espíritu Santo en mi? ¡Lo he hecho tantas veces! He llegado a pensar que no soy digna de ser católica, por mi pasado, por mi presente, por mi futuro que no parece santo ni perfecto. Pero eso no es lo que me dice Jesús, ¡no! A eso no es a lo que me llama. Jesús hace fiesta conmigo y me invita a renovarme en su misericordia cada día. A imitación de Él, entonces, he yo de eliminar los rótulos que imposibilitan y marcan a los demás.

Estar conectados para ser reconocidos

Dijo el Papa Francisco: ”Lo sabemos bien, no basta estar todo el día conectado para sentirse reconocido y amado. Sentirse considerado e invitado a algo es más grande que estar en la red.”

Esta frase me habla en mi vida sobre la vanidad, sobre ese deseo de buscar el ‘like’ del otro para sentirme validada. De estar todo el día pegada al celular viendo cuántos seguidores gano o pierdo, cuántos piensan que soy cool o que escribo cosas bonitas. ¡Cuánta vanidad! Y sé que no soy la única que lucha con esto. La vanidad es un pecado y soy pecadora, pero por la gracia de Dios puedo redireccionar este deseo y encontrar que hay uno que ya me dio ‘like’, que ya escribió el más hermoso comentario en mi vida, que ya se enganchó conmigo, y lo hizo en una cruz, con un sagrado corazón que no cabe en la pantalla de ningún iPhone ni de ninguna laptop.

María, la influencer de Dios

Dijo el Papa Francisco: ”A ustedes jóvenes les pregunto: ¿Quieren ser influencer al estilo de María. Ella se animó a decir «hágase»?”

Con esta frase Francisco no solo demostró su gran conexión con la juventud, con un tema tan relevante para nuestros tiempos, sino que nos puso el más claro ejemplo de la influencia: María, la humilde María. Y este llamado del Santo Padre revolvió mi corazón y lo llenó de un gran deseo de crear ejércitos de influenciadores que lleven almas a Cristo con valentía, sin juicio y con amor. ¡Quiero decir ‘hágase’ e invitar a otros a hacerlo también! Quiero que otros conozcan a Jesús a través de mi, ¡quiero ser influencer de Dios! Pero no por vanidad, ¡no! Sino porque ‘el poderoso ha hecho obras grandes en mi’ y no puedo meter la lámpara que Jesús encendió en mi corazón debajo del celemín. Tengo que ser luz y sal (Mateo 5, 13-16).

Y tu, ¿quieres ser influencer de Dios? ¿Qué te detiene, qué te lo impide? ¿Cómo puedes poner tus talentos al servicio del evangelio? ¡Cuéntame! Y si quieres descargar todos los mensajes del Papa Francisco en Panamá, visita este enlace: Papa en Panamá

Pedirle nuestro amor

Si hay algo que no deja de maravillarme acerca de la forma en que Dios nos ama es su libertad; no nos obliga a amarlo, y a la vez nos ama inmensamente. Dios se corre el riesgo que lo rechacemos, que lo neguemos, que lo saquemos por completo de nuestras vidas, y aun cuando lo ofendemos y nos alejamos de Él, siempre está dispuesto a recibirnos con brazos abiertos.

A todos nos ha pasado alguna vez; usamos esa libertad que Dios nos ha regalado para hacer, literalmente, lo que nos da la gana. Vamos por el mundo buscando otras cosas, otros ‘dioses’… cosas, personas y experiencias que no nos dan vida, que no nos llenan, pero nos entretienen.

Muchas veces escucho a la gente decir ‘’Dios, no me abandones’’, pero me pregunto si esa es la forma correcta de orar. Dios, ciertamente, no nos abandona. Nosotros lo abandonamos a Él. Usamos la libertad que Él mismo nos ha dado para rechazarlo, para negarlo, para separarnos de Él. Y cuando caemos en el abismo, nos volteamos a su rostro preguntándole por qué nos ha abandonado.

Por eso le pido a Dios que me permita amarlo, que no deje que YO lo abandone, sabiendo que Él nunca lo hace. Es un trabajo de cada día: pedirle a Dios MI amor, pedirle mi fidelidad, la fuerza para hacer su voluntad amándola y amándome a mi en ella. Porque el amor se le pide a quien es amor, ¡por eso hay que ir a la fuente!

También hay que introducirse en el lugar donde se gestó el amor: en el vientre de María, lleno del Espíritu Santo, donde podemos recibir todas las gracias que Dios quiere regalarnos. Ella siempre nos lleva a su hijo pidiéndonos que hagamos lo que Él nos dice.

Puedo dar fe de la amorosa respuesta de Dios cuando le pido que me deje amarlo. Mi corazón se enciende y mi fe aumenta. Pero mi libertad me hace débil y cualquier tontería me distrae si no estoy atenta. Ahí es cuando tengo que pedir con mayor fuerza: ¡Señor, no dejes que te abandone! ¡María, introdúceme en tu vientre!

¿Lo pedimos juntos?

¡Valentía!

Hace un par de días hablaba con una amiga bloguera que vive en Estados Unidos acerca de los constantes ataques y burlas a aquellos que profesamos la fe católica. ”Mis amigas me tachan de retrógrada”, me comentó con cierta tristeza. ”Ellas hablan con plena libertad acerca de sus prácticas espirituales, como el yoga o el mindfulness, pero si yo digo algo acerca de mi fe me critican”. Le confirmé que no estaba sola, que muchos nos sentimos así y la verdad es que desde hace algún tiempo vengo albergando esa frustración de ‘medir mis palabras’ cuando se trata de mi fe católica, mientras otras personas hablan abiertamente de sus prácticas espirituales, incluyendo a nuestros hermanos protestantes, a los que hacen yoga, los que practican budismo, los que creen en la astrología, la alineación de chakras o la limpieza de auras.

Pues, ¿saben qué? ¡Me cansé! No voy a tener mi fe en el closet porque el mundo no la acepte, porque el mundo piense que el catolicismo es retrógrado y que es más cool creer en otras cosas. Es hora de ser valientes y hablar abiertamente de nuestro amor a Cristo y a su Iglesia, aunque eso nos merezca críticas, persecución y relaciones rotas. ¡Valdrá la pena!

Hablando de esto hace algunas noches con mi esposo y me recordó esa frase de San Francisco de Asís que dice ”evangeliza en todo momento, y si es necesario usa las palabras”. Pues creo que llegamos a ese momento y es necesario usar palabras. ¡Más palabras! Claro, acompañarlas con acciones, ¡eso no ha de faltar y puede ser lo más difícil! Pero hay que hablar, escribir, cantar de nuestra fe; amarla y defenderla porque el mundo necesita conocerla. ¡Son necesarias las palabras! ¡Es hora!

Terminé mi conversación con mi amiga contándole de la alegría que sentí la primera vez que tuve personas criticando una publicación de Católica Caótica en Facebook. Ese comentario negativo e hiriente fue la confirmación que necesitaba. Porque Jesús prometió el ciento por uno con persecuciones, no con alabanzas.

Armémonos de valentía para vivir nuestra fe fuera del closet, sin tibieza pero con mucho amor, ¡ese es el secreto! Sin amor nuestras palabras y demostraciones de fe se quedan en el aire y se tornan en cosas vacías. ¡Es poner la otra mejilla sin defenderse, pero sin acomodarse para encajar! Ser católico hoy, como en los inicios de la Iglesia, requiere valentía: pidámosela a la Virgen, que de eso ella sabe mucho.

 

Permanecer en Él

Este fin de semana estuve en un retiro de blogueros católicos en el monasterio trapense Mt. Saint Mary’s en Wrentham, Massachusetts. Éramos más de una docena de escritores  y marketers católicos con proyectos en línea dedicados a dar a conocer la fe a través de las redes sociales y demás espacios en Internet. Los proyectos representados incluían blogs de mujeres católicas, de madres que hacen escuela en casa o home schooling, podcasts con enfoque católico y hasta un sitio de citas para católicos solteros en busca de pareja. Fue una experiencia maravillosa, pero -específicamente para mí- de mucha reflexión y gratitud. Y que bien, pues de eso se tratan los retiros, ¿no? De apartarnos y reflexionar.
En la vida no hay casualidades, estoy convencida de ello. Y este fin de semana vino a confirmarme eso en lo que creo con tanta firmeza: definitivamente no hay casualidades. Les cuento por qué.

¿Cómo me enteré del retiro?

Una mañana, tras haber llegado 15 minutos temprano a una reunión, decidí sacar mi celular y revisar mi muro de Facebook. Revisándolo me topé con el LIVE de la organizadora del retiro quien es una bloguera católica pro vida con quien he colaborado en el pasado, y me detuve a verlo. Agarré la transmisión a la mitad, pero lo que hablaba sonaba muy interesante. Aparentemente había organizado un retiro de blogueros católicos. A través de los comentarios le pedí más información y me contó todos los detalles: un retiro en el monasterio trapense de Mt. Saint Mary’s en Wrentham, Massachusetts. Me quedé de una pieza pues sabía que en las cosas de Dios no hay casualidades.

Sucede que hace más de 15 años exploré la posibilidad de una vocación a la vida religiosa en un monasterio trapense fundado, precisamente, por las hermanas de Mt. Saint Mary’s. Providencialmente, el retiro coincidía con la fiesta de Santa Gianna, patrona de las madres católicas -y a quien le tengo una gran devoción como recordarán por este artículo-, y día de cumpleaños de mi hija menor. Sabía que la organizadora también le tiene una gran devoción a Santa Gianna y cree firmemente que la santa italiana intervino en la sanación de su hijo hace casi cinco años.

Dios teje la historia

Pues bien, una vez en el retiro muchas de mis preguntas de cómo debía continuar este proyecto de Católica Caótica fueron contestadas. Igualmente, hice conexiones con muchos blogueros de Estados Unidos, donde la Iglesia Católica cuenta con un gran caudal de recursos para la nueva evangelización: desde podcasts, blogs, retiros on y offline, conferencias, currículos para hacer escuela en casa, etc. Exploramos la posibilidad de traducir muchos de esos recursos al español o de hasta iniciar proyectos para Latinoamérica con la única otra bloguera hispana del grupo. Fue una experiencia hermosísima, por la que siempre le estaré agradecida al Señor.

Lo más importante

El retiro culminó con la santa misa el domingo, y me impactó enormemente como el evangelio selló toda esta experiencia. Era el evangelio del viñador que dice que Jesús es la verdadera vid y el Padre el viñador, quien corta los sarmientos que no dan frutos, pero que poda a los que dan para que den aún más fruto. También dice el Señor en dicho evangelio: ‘’permanezcan en mi para que den fruto’’. Y esa línea me llegó al corazón como ninguna otra.

Yo no siempre he permanecido en Él; me he descarrilado muchas veces. Lo he ignorado, desobedecido y rechazado tantas y tantas veces, pero Él siempre me ha buscado porque quiere que dé fruto, quiere podarme para que pueda servirle.

Luego de la experiencia que viví hace más de 15 años, explorando mi vocación religiosa, me alejé por completo de la Iglesia y me sumergí en el mundo, haciendo las cosas a mi manera, olvidándome por completo de Dios. Pero Él me hizo regresar y si lo hizo es para que dé fruto. Por eso me poda y me cuida tanto con todos estos regalos que no son coincidencias. Por eso me llevó de nuevo a un monasterio trapense, esta vez en otra realidad, pero siempre para hablarme con amor y claridad.

Espero que este memorial se selle en mi corazón y que pueda servirle a Él sirviéndole a ustedes que me leen, con toda humildad, con mi testimonio, para que también ustedes crean, permanezcan el Él y puedan dar fruto.

Ah, ¿y les dije que las monjas hacen chocolates deliciosos? Échenle un vistazo.