Oración por los sacerdotes

Desde hace un par de días vengo pensando en los sacerdotes, en el maravilloso servicio que dan, en lo frágiles que son y en lo mucho que tenemos que orar por ellos, para que el Señor los siga utilizando como instrumentos de amor.

Hace algunas semanas estoy haciendo un retiro online en el cual participa un sacerdote de la diócesis de Peoria en Illinois. Sus homilías y charlas han sido maravillosas y realmente me han tocado el corazón. Que mundo tan maravilloso vivimos, en el que un siervo de Dios que está a cientos de millas de distancia y a quien no conozco en lo absoluto, puede llegar a darme una palabra que cambia mi vida. Esto me hizo pensar en todas las ocasiones en que un sacerdote ha calado mi corazón con palabras de amor y de fe, ya sea a través de una homilía o al escuchar mi confesión, ya sea en mi parroquia o muy lejos de ella, en algún lugar del mundo.

¡Cuán agradecidos tenemos que estar por los buenos sacerdotes!

Hoy, cuando llegué a misa, estaban haciendo el via crucis, precisamente por la santidad de los sacerdotes. Nos pidieron a todos los que estábamos participando que mencionáramos en voz alta el nombre de algún sacerdote por el que quisiéramos orar. ¡Tantos nombres y tantos rostros vinieron a mi mente! Han sido tantos los sacerdotes que me han regalado palabras de vida, que han impuesto sus manos sobre mi cabeza para darme la bendición de Dios, tantos los que han escuchado mis pecados y me han dado la absolución con infinita ternura y misericordia.

Y todo esto me hizo acordar de una linda oración que hacíamos al final de cada eucaristía en la parroquia que frecuentaba en mi país. Todos levantábamos las manos hacia el sacerdote que recién había consagrado el pan y el vino para nosotros y pedíamos por él con la siguiente oración:

“Consérvalos te pido Señor, protégelos porque ellos son débiles, tus sacerdotes cuyas vidas se consumen ante tu altar sagrado. Consérvalos, confórtalos, en las horas de soledad y dolor. Cuando toda su vida de sacrificio por el prójimo parece inútil. Consérvalos y recuerda, oh, Señor, que ellos no tienen a nadie más que a ti y, sin embargo, tienen un corazón humano, con sus humanas debilidades. Consérvalos como la inmaculada hostia que diariamente entre sus manos sostienen; sus pensamientos, palabras y sus trabajos dígnate Señor bendecir. Amén”

Oremos por la santidad de los sacerdotes, cada día de ser posible, porque son hombres de carne y hueso como todos nosotros, y a veces lo olvidamos. Tienen las mismas tentaciones, las mismas debilidades, los mismos miedos que todos nosotros. Más sin embargo tienen la dura tarea de alimentarnos en la fe, que es el alimento más importante que debemos recibir. Oremos por ellos, porque tienen el trabajo más difícil de todos, y el enemigo más implacable.

Hagamos el proyecto social de orar por los sacerdotes uniéndonos a través del hashtag #OremosPorLosSacerdotes. Sube a las redes sociales el nombre de un sacerdote por quien quieras orar junto con el mencionado # y así todos nos unimos en oración por él.

¿Les parece?

 

Hacer el bien

ayudar_a_los_demas-1024x572He escuchado a muchas personas decir cuán difícil se les ha hecho la cuaresma este año. Algunos se quejan de lo poco que han podido dedicarse a la oración, otros hablan de las ‘malas noticias’ que han recibido y muchos otros dicen que no han podido hacer sus penitencias y limosnas según se lo habían propuesto.

En algún lugar leí una frase que decía “preocúpate cuando el diablo no te moleste más y tu vida devocional sea pobre”. Y es que cuando queremos convertirnos, estar de cara a Cristo y  vivir con intensidad fechas de gracia como lo es la cuaresma, o inclusive este año Santo de la Misericordia, es cuando el diablo más ataca nuestros planes. Pero no podemos dejarnos. Tenemos que intensificar nuestra devoción y vida de fe para que el enemigo sepa que vamos de la mano de Jesús y de María, y por ende no puede con nosotros.

Esta semana la liturgia nos ha recordado la misericordia de Dios con evangelios como el del hijo pródigo, o el enfermo de la piscina de Bethesdá a quien Jesús cura en sábado a pesar de ser un día de descanso. En una de las homilías que escuché esta semana, el sacerdote nos decía que esta misericordia de Dios se paga con bondad, con buenas obras, con el amor al prójimo y con el anuncio del evangelio. No por casualidad, cuando salí de escuchar esta palabra y esa hermosa reflexión del presbítero, me topé en Facebook con un vídeo de un sacerdote de mi país, con una homilía en torno a la parábola del rico epulón y el pobre Lázaro. La misma, relata la historia de dos hombres y el destino de cada uno de ellos: el pobre Lázaro, lleno de llagas y sin socorro, es llevado luego de su muerte al seno de Abraham, en tanto que el rico, que viste de púrpura y lino fino y banquetea cada día, sufre tormentos en el hades (o inframundo griego) luego de ser sepultado.

El sacerdote preguntaba en su homilía por qué el rico epulón fue condenado si “no hizo nada malo”, y contestó diciendo: “porque precisamente tampoco hizo nada bueno”. Y es que no estamos aquí para ‘no hacer nada malo’, si no para hacer el bien, para que nuestras obras de caridad y amor nos alcancen el cielo. No hacer nada malo y pretender que eso es suficiente roza en la soberbia.

El diablo nos engaña precisamente con la soberbia de creernos buenos, de creer que estamos salvos y que estamos haciendo lo ‘necesario’ para ganar el cielo. Por eso es que a muchos se nos hace difícil vivir una cuaresma rica y llena de oración, sacrificio y penitencia, porque el diablo nos dice que ‘no estamos haciendo nada malo’, por ende, somos buenos. Pero sin obras no demostramos nuestra bondad y nuestro amor.

Para ser bueno hay que hacer el bien, y para hacer el bien nos debemos dejar guiar por las bienaventuranzas: ser pobres de espíritu, mansos, misericordiosos, limpios de corazón, ser perseguidos, procurar la paz  y no temerle al sufrimiento. Hay que poner la otra mejilla, y ‘darle la túnica al que me quite la capa’.

Eso nos pide Dios. Eso es “hacer el bien”. ¿Estamos dispuestos a recorrer este último tramo de conversión hasta la Pascua haciendo el bien? Ojalá que si. Que así nos ayude Dios.

 

 

 

 

No tengan miedo

Como he mencionado varias veces en este blog, hace poco más de un año aprendí, gracias a un sacerdote amigo de la familia, que en la Biblia se nos llama a ‘no tener miedo’ en 366 ocasiones. Dice el Padre que Dios nos envía dicho mensaje al menos una vez cada día del año, incluyendo los bisiestos, como este año.

Logro recordar muchos pasajes bíblicos en donde se nos hace este llamado, pero el que recuerdo con mayor precisión y cariño es el del evangelio de las aguas (Mateo 14:22-33). En dicho evangelio los discípulos se asustan al ver lo que creían ser un fantasma acercándose a ellos, pero en realidad era Jesús caminando sobre las aguas. Entonces Nuestro Señor les dice “¡Calma! ¡Soy yo: no tengan miedo!”. Luego de que Pedro dudara y le pidiera que calmara la tempestad para saber que de verdad era Él, Jesús le dice: “¡Qué poca fe tienes! ¿Por qué dudaste?”.

¿Cuántas veces no hacemos nosotros lo mismo? ¿Cuántas veces hemos dudado, hemos pedido señales y hemos sentido miedo? Esto a pesar de estar ‘cerca’ de Jesús, de su amor, de sus obras, de haber visto los milagros que hace en nuestras vidas.

Muchas, ¿verdad?

Y escribo esto porque recientemente me senté en la barca con Pedro a experimentar la tempestad, a sentir el viento en contra que azota mi barca, y sentí miedo, e igual que Pedro, dudé.

Pero Jesús se me acercó también a mi a decirme con dulzura “¿por qué dudas?, Soy yo, ¡no tengas miedo!”. Me lo dice en Su Palabra, en las 366 veces en que este recordatorio de su amor queda grabado en las escrituras, en mi historia, en las veces que lo he visto darme lo que necesito -lo que es mejor para mi-, no precisamente lo que quiero.

Jesús me recuerda también lo que dijo en el Sermón del Monte, “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.” (Mateo 7:7s)

Con estas palabras Jesús me llama a la oración, a la esperanza, a pedir con fe sabiendo que Su voluntad es perfecta y por ende ‘lo que se me de, lo que reciba, lo que halle, o donde se me abran las puertas’ será lo mejor para mi, si confío en Él y estoy dispuesta a recibir Su voluntad como tal.

Por eso estoy haciendo un plan de oración, un plan de encuentro profundo con el Señor, para que mi confianza en Él sea mayor, más plena, para que logre descansar más en Él. Un plan para entrar en sintonía con Su amor y Su voluntad, un plan para que Él se glorifique a través de mi y pueda ser testimonio vivo de estos dos evangelios, de estas dos Palabras: “no tengas miedo” y “pide y se te dará”.

Y el primer paso en este plan de ataque es silenciar al demonio, que es el que instala en mi estos miedos que me hacen dudar. Puede sonar gracioso e inverosímil hablar del demonio en pleno Siglo XXI, pero es real y existe y no quiere nuestra santidad. Por eso hay que atacarlo con los sacramentos y con oración. Hay que atacarlo de la mano de María que pisa su cabeza y lo inmoviliza. Y con la intercesión de nuestros amigos del cielo, los Santos, que ya le ganaron la batalla.

Que Dios me ayude en mi encomienda y podamos, juntos, darle la Gloria al Padre, siendo testimonio de Su amor y Su misericordia. Que así sea.

 

 

Regresar a casa

paintingfrontdoor-brand-jpgEste pasado sábado la Iglesia nos regaló uno de mis evangelios favoritos, el del hijo pródigo (San Lucas 15,1-3.11-32). ¿Cuántos no nos sentimos más que identificados con ese evangelio? ¿Cuántos no hemos salido de casa para luego regresar al abrazo del Padre que nos espera con amor y misericordia?

La reflexión de dicho evangelio se sumó al evangelio del tercer domingo de cuaresma, en el que Jesús comparte la parábola de la higuera que no da frutos y debe ser cortada, pero a la que el Viñador quiere darle otra oportunidad, abonando la tierra que la acoge (San Lucas 13,1-9).

¡Cuán misericordioso es el Padre! ¡Cuánto amor tiene para con nosotros!

Estos mensajes, que llegan a medio camino de la Pascua, dejan en mi un sentido enorme de agradecimiento, pero una responsabilidad aun más grande, pues sé de dónde vengo y a dónde puedo regresar. Así como el hijo pródigo sé lo que es salir de la casa del Padre, gastar todas mis bendiciones en cosas del mundo, enlodarme con los cerdos hasta quedar hambrienta y vacía, con esa tristeza que deja el pecado en nuestras almas. Sé lo que es vivir sin dar frutos, como la higuera, sin que nada me importe, haciendo mi voluntad y buscando mi ‘felicidad’ porque ‘ser feliz es lo más importante’.

Y aun así el Señor no me arranca de raíz, si no me da, una y otra vez, la oportunidad de abonarme, de mover mi tierra y de rendir frutos de amor y servicio. Cada cuaresma el Señor me invita a usar el abono de la oración, la penitencia y la limosna, como armas para transformar mi corazón en el corazón de Jesús y dar así testimonio de Su amor en el mundo.

Pero no crean que estoy haciendo la cuaresma más santa de la historia; han sido tres semanas de altas y bajas porque el demonio no quiere que abone mi tierra, no quiere que de frutos. Me ha costado orar con la frecuencia que quiero, me ha costado hacer penitencia, me ha costado servir a los demás y ofrecer limosna. Ha sido sumamente difícil y esa voz maligna que quiere sacarme la paz insiste en decirme ‘no pasa nada, da igual, no tienes que rezar, duérmete, olvídate….’. Pero cada vez que oigo esa voz molestándome, tratando de sacarme de mi plan de abonar mi tierra reseca, invoco a San Miguel Arcángel, jefe de la milicia celestial, para que se encargue de la lucha y yo pueda continuar mi camino a la casa del Padre.

Le pido a Dios que mantenga instalado en mi este deseo de quedarme en Su casa, sin mirar atrás; este deseo de rendir frutos, de servir, de amar, de vivir para Él y con Él, de la mano de María. Y Lo escucho decir ‘no tengas miedo’, mientras que Ella me pide que ‘haga lo que Él diga’ y encuentro consuelo, pues sé que agarrada de Su misericordia no perderé el norte, no perderé el camino, no regresaré al desierto, sino al contrario, rendiré frutos, con su ayuda y manteniéndome en Su voluntad. Y el fruto más grande que puedo rendir es el de un corazón humilde y arrepentido, un corazón servicial, lleno de mansedumbre y amor; porque como le escuché decir a un presbítero recientemente, la Gloria de Dios es la humildad.

Que el Señor me ayude a mantenerme agarrada de Él y de su Santa Madre por siempre.

 

 

La belleza de la cruz

il_fullxfull.419982065_no4kDentro de escasas semanas daré a luz a mi tercera hija, si así Dios me lo permite. Ya llegó ese momento en el que los calambres, las incomodidades, el insomnio y la hinchazón se hacen presente casi todas las noches. Es un adelanto de lo que son los primeros meses de vida de un bebé. Dios, que hace todo perfecto, nos va exponiendo a estas realidades para que la transición sea más fácil, ¿no les parece?

Sucede que llegando al tercer trimestre de este embarazo me sucedió algo muy particular que analicé hace pocos días. Hace cerca de dos años porto en mi cuello una medalla de la Virgen de Loreto, que será el nombre que le pondremos a esta tercera bebé que Dios nos regala. Fue un regalo de un sacerdote amigo de la familia, y tiene un significado muy especial para nosotros. Pues hace algunas semanas se me rompió mi adorada medalla. Me dolió mucho, pero lo acepté con humildad y resignación, pues no está bien apegarse a cosas materiales, aunque tengan significado religioso.

Poco después de la ‘pérdida’ traté de encontrar algún otro dije que pudiera portar en mi cadena de ‘diario’ y me acordé de una cruz que me habían regalado hace muchos años. Es un crucifijo hermoso que en cada esquina tiene un símbolo mariano o imagen de la Virgen. Enseguida me la coloqué y la he llevado puesta desde entonces.

Resulta que una mañana de esas en las que me costó salir de la cama porque el insomnio y los malestares me hicieron la noche, me miré al espejo y vi sobre mi pecho la cruz. Fue ahí donde entendí lo que estaba pasando: Dios me regalaba ese símbolo de su pasión para que yo a la vez entrara en el vía crucis de la maternidad.

Llegó el momento de agarrar la cruz y, junto a María, abrazar los sufrimientos, los dolores, las desveladas, los achaques, y el inminente parto y post parto que se avecinan. Es el momento de decir hágase Tu voluntad Señor y esperar la llegada de mi hija, tal y como la envíe Dios.

Y en este proceso de agarrar la cruz, sin quejarme, sin cuestionar, en obediencia y fe, me he  visto acompañada de historias de santas madres y esposas como Santa Gianna Beretta, Santa Zellie Martin, Santa Margarita de Escocia, entre otras. Sus historias, las cuales he leído en el libro  A Book of Saints for Catholic Moms,  me han servido de inspiración, para recordarme que a través del servicio de la maternidad se puede alcanzar la santidad, el premio mayor.

Y así como en esta etapa tengo que agarrar la cruz con alegría, permita Dios que en todas las otras etapas en las que me vea de cara al sufrimiento y a la incertidumbre, pueda contar con ese recordatorio de la belleza de la cruz, que siempre termina en resurrección, si morimos en ella, junto a Él.

 

 

 

De buenas intenciones….

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De buenas intenciones está empedrado el camino al infierno, dice el refrán popular. Debo confesarles que en las pasadas semanas fui una de esas personas que tuvo ‘buenas intenciones’, pero que no tomó acción a tiempo.

Sucede que en mi vecindario sentó campamento durante algunos días una señora deambulante, aparentemente alcohólica, con muchos bolsos y cachivaches de todo tipo. El primer día que la vi pensé que Dios me la había puesto cerca para que acudiera a su auxilio, o al menos para que pudiera ‘darle de comer al hambriento y de beber al sediento’. La verdad no es común ver deambulantes en esta ciudad y nunca los había visto en mi vecindario.

Pues bien, ese mismo día fui al supermercado y compré una caja de barras de granola, unos jugos y una botella de agua, con la ‘intención’ de dejárselos en el regreso a casa. Una cosa llevó a la otra y no lo hice. Y así pasaron los días, y luego las semanas, y mi bolsita de ‘buenas intenciones’ permanecía intacta en la alacena de la casa.

Hasta que llegó una tarde en la que regresaba precisamente de hacer otras compras en el supermercado y ya no vi a la señora ni sus pertenencias. El área donde se había asentado por dos o tres semanas estaba ahora limpia, ya no había rastro de ella.

Precisamente esa mañana mi esposo y yo leímos el evangelio del día mientras íbamos de camino al trabajo (San Mateo 25,31-46), en el cual Jesús dice: ‘Aléjense de mí, malditos; vayan al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles,
porque tuve hambre, y ustedes no me dieron de comer; tuve sed, y no me dieron de beber;
estaba de paso, y no me alojaron; desnudo, y no me vistieron; enfermo y preso, y no me visitaron’. Ambos nos quedamos unos segundos en silencio después de leerlo, con las caras en blanco, pues el ‘regaño’ evangélico de esa mañana nos llegó al corazón. 

No hay casualidades, y esto pasó para que viera que si no hay acción las buenas intenciones de nada valen, al contrario, querer hacer y no hacer nada es hipocresía, es un consuelo vacío que no me acerca a Dios. No voy a llegar al cielo con la bolsita de comida que compré pero que nunca entregué, con la ropa que nunca doné, con el vaso que se quedó lleno de agua en mi casa porque nunca se lo ofrecí al sediento, con las monedas que no le di al señor que las pedía en la calle…. Tengo que llegar con las manos vacías.

Es hora de ponerse en marcha, tomar acción y realmente ‘hacer’. Es hora de mirar las necesidades del prójimo y tomar responsabilidad y acción porque cuando socorremos al más pequeño de  los hermanos, socorremos a Cristo.

Vamos.

 

 

 

Aprendiendo a ‘soltar’

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Desde hace dos semanas he estado esperando una importante respuesta a un proyecto en el que estoy trabajando. He orado mucho para que el Señor responda. Él conoce lo que deseo, pero le he pedido que se haga Su voluntad.

Y sigo esperando… No ha habido ni un no ni un si. Solo silencio, en la tierra y desde el cielo.

Providencialmente en esta espera la Iglesia me regaló el Evangelio del domingo pasado, previo a la Cuaresma, en el que Jesús invita a Simón a llevar su barca mar adentro y lanzar las redes. El mensaje de dicho evangelio (Lucas 5: 1-11) me llegó con toda la claridad que necesitaba, pues siento que el Señor me dice ‘suelta las redes en mi nombre, que yo me encargaré de la pesca’.

¡Cuán difícil me resulta ‘soltar’ mi voluntad, mis inquietudes, mis preocupaciones para dejarlo todo en manos de Dios! Me cuesta mucho, muchísimo….aunque es lo que siempre le recomiendo a la gente que haga, aunque sé que es lo que debo hacer, aunque es a lo que me llama Jesús cuando dice “vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso”…

Pero cuesta, cuesta no levantar el teléfono y darle seguimiento a los temas, cuesta no echarse a llorar cuando algo no sale como uno quisiera, cuesta aceptar cuando los planes de Dios son distintos a los nuestros…cuesta decir gracias a pesar de todo y conformarse con saber que Dios lleva la historia y que todo lo que permite en nuestras vidas es para nuestro bien, si tenemos fe.

Y hay que hacerse violencia, sacrificar nuestra voluntad, dejarla morir en la cruz y ‘soltar las redes’ para que Jesús se encargue de la pesca. Hay que hacerlo, y hacerlo con fe.

Por eso durante esta Cuaresma oraré para que el Señor me ayude a soltar, a decirle “encárgate Tu”, y a esperar con fe y con alegría. Sé que la cercanía a los sacramentos será lo que me de esa fortaleza y esa tranquilidad, para ‘soltar’ mis asuntos y dejarlos en manos de Dios, sin quejarme, sin necesidad de orar con desesperación si no con alegría y fe, para vivir sin el pesado yugo de mi voluntad y mis deseos, mis planes, mis proyecciones. Soltar me dejará vivir el hoy, que es un presente. Soltar me permitirá no vivir en la ansiedad del mañana y confiar en la providencia divina que nunca falla. Soltar liberará mis manos y me permitirá usarlas para servir, en lugar de aguantar en ellas mis planes.

Le pediré al Señor que me permita abrir mis manos y echarme para atrás, regocijándome en la dulce espera de la providencia de Dios, que nunca falla y siempre viene cargada de misericordia. Sujetaré solo el rosario y con cada cuenta le pediré a la Virgen que me ayude a descansar y a decir “he aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra”.

Que así me ayude Dios.

 

 

 

 

Santa Inspiración

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Hace algunas semanas ordené un libro de la autoría de Lisa Hendey, fundadora de la página CatholicMom.com. El libro se titula A Book of Saints for Catholic Moms y en el se reseñan la vida y obra de 52 santos y cómo sus vidas pueden servir de inspiración a las madres católicas hoy en día. Además sugiere oraciones y actividades que se pueden realizar en familia para adoptar las enseñanzas de los santos.

La lectura de este libro revivió en mi la admiración por los santos, especialmente por algunos de mis santos favoritos. Pero además me hizo recordar cuán importante es aprender de estos hombres y mujeres que lograron vivir una vida de santidad a pesar de su humanidad, a pesar de sus pecados, a pesar de sus historias.

Algunos de mis favoritos son San Agustín y San Francisco, por ejemplo, que se convirtieron al evangelio luego de sendas vidas desordenadas y dedicadas a los placeres mundanos. O Juana de Arco, heroína y militar francesa quien, con valentía y fe, convenció al Rey Carlos VII que expulsara a los ingleses de Francia y dirigió el ejercito….con tan solo 17 años. Y ni hablar de Santa Teresita de Lisieux, a quien su ‘pequeño camino’ la llevó a la santidad.

¡Cuánto podemos aprender de los santos! ¡Cuánta inspiración podemos encontrar en sus historias! Y es que todo cristiano está llamado a la santidad, a ella debemos aspirar, pero no nos atrevemos ni siquiera a entretener el pensamiento porque pensamos que es imposible, que no podemos, que es una tarea muy grande. ¡Claro que lo es! Si nos apoyamos solo en nuestras fuerzas, ¡es imposible! Pero estoy convencida que pidiéndoselo a Dios, con mucha oración y con mucha consistencia sí se puede, sí se puede llegar a la santidad.

Como dijo Santa Teresita de Lisieux: “En lugar de desanimarme, me he dicho a mí misma: Dios no puede inspirar deseos irrealizables; por lo tanto, a pesar de mi pequeñez, puedo aspirar a la santidad.”

Sí podemos aceptar el reto de la santidad, sí podemos pedirle a Dios las fuerzas necesarias para perseverar en ese deseo, las fuerzas para hacer Su voluntad, que es que seamos santos y perfectos. Sí podemos mantener el deseo a la santidad cuando caigamos, porque sabemos que Su misericordia nos ampara. Sí podemos orar con todas nuestras fuerzas para que el Señor conserve ese deseo instalado en nosotros y que nos ayude a realizarlo.

Sí se puede.

Por eso es importante buscar esa santa inspiración, aprender de los que ya lo lograron y encontrar el camino a nuestra propia santidad.

Los invito a que nos animemos los unos con los otros, compartiendo historias de santos en las redes sociales usando el hashtag #santainspiración. En nuestra página de Facebook estaremos haciendo lo propio, por lo que será fácil unirse a la conversación.

¿Quién se anima?

 

 

¿Necesitan médico los sanos?

santeNo tenía este post planificado, pero me siento inspirada a compartirles esta anécdota que nos sucedió hoy saliendo de misa.

Esta mañana fuimos a misa en familia, la primera misa del día, nuestras dos hijas, mi esposo y yo (que estoy embarazada de casi siete meses). Mi hija menor, que es la encarnación del conejo del anuncio de baterías, no se estuvo quieta durante toda la celebración. Mi esposo y yo, obviamente, estuvimos vigilándola, bajándola, subiéndola y persiguiéndola durante toda la eucaristía.

Al salir de misa se me acerca una señora mayor y me pregunta, “oye, perdona que te pregunte, pero ¿tu fuiste cesárea….? Es que mi nuera fue cesárea y es una floja, y yo te veo a ti tan ágil con tus niñas…” No sabía qué decirle, así es que me limité a decir “bueno sí, mis hijas nacieron por cesárea…. las cesáreas son duras”. Mientras dichas palabras salían de mi boca, pensaba: “¿pero esta señora acaba de salir de misa y aquí está criticando a su nuera con una total y completa extraña…?”.

Fue entonces que me acordé de lo que dijo Jesús en el Evangelio que se pronunció hace unas semanas: “No necesitan médico los que están sanos, sino los que están mal. No he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores.” (Lucas 5:32)

Es que esa es nuestra Iglesia, llena de gente imperfecta de espíritu enfermo, que se aferran a Dios porque saben que Él es misericordia y amor, es el único médico de las almas, el que puede transformar nuestros corazones llenos de odio, crítica, murmuración, envidia y mentira por corazones en donde reine el amor y la caridad. Por eso vamos a la Iglesia, por eso nos aferramos a Cristo, porque lo necesitamos.

Dios bendiga a esa señora y a su nuera. Escucharla me hace amarla y querer rezar por ella; me hizo ver cuánto necesitamos a Dios.

 

 

 

 

Martirio social

thumbs down

Durante estos últimos tres días la Iglesia ha celebrado la vida y santidad de tres mártires de los inicios de le era cristiana: San Sebastián, Santa Inés y San Vicente. Esta secuencia en el calendario litúrgico me ha hecho pensar en el martirio, y las duras pruebas que tuvieron que pasar los primeros cristianos.

San Sebastián, por ejemplo, fue atacado a flechazos por confesar la fe cristiana y catequizar a miembros del ejercito. Santa Inés fue decapitada por proteger su integridad y pureza ya que querían desposarla a los tiernos 12 años. Y San Vicente fue capturado y torturado por predicar la fe. Ciertamente no lo tenían nada fácil estos primeros bautizados.

Gracias a la sangre derramada por estos primeros confesores de nuestra fe, los cristianos vivimos hoy día con pocas amenazas a nuestras vidas. Nos congregamos, realizamos nuestros ritos, participamos de nuestras celebraciones, y vivimos amparados y protegidos por la Iglesia. En la mayoría de los países nadie mata a nadie por ser cristiano, aunque si hay hermanos que ven sus vidas cegadas por la violencia extremista. Pero, por lo general, los cristianos vivimos y confesamos nuestra fe con tranquilidad.

No obstante muchos vivimos otro tipo de martirio: el martirio social. Muchos hemos sufrido quiebres en nuestras relaciones por vivir una vida de fe y de cara al Evangelio. Muchos hemos sido rechazados por nuestros amigos, colegas y hasta nuestras familias por nuestras convicciones, por vivir realmente la vocación cristiana. Se de muchas madres que deciden quedarse en casa criando a sus hijos y son crucificadas por otras mujeres a causa de esa decisión. Tantísimas otras que tienen que vivir con las miradas acusatorias y comentarios fuera de lugar por tener cuatro, cinco o seis hijos, por estar abiertas a la vida, por confesar con valentía que no se operarán y que no utilizarán métodos anticonceptivos.

Muchos otros son asesinados por las lenguas de sus amigos y compañeros, por no participar de x o y actividades que no se ciñen a la vida cristiana, o por no ir a ciertas fiestas o reuniones porque chocan con sus compromisos religiosos. Otros nos llaman ‘hipócritas’ porque hemos cambiado nuestro estilo de vida y nos recuerdan que ‘antes’ éramos de esta o aquella manera. Nos decapitan de sus vidas, se burlan de nosotros y nos lanzan flechas de sarcasmo… Esto es lo que llamo el martirio social. ¡Bendito martirio!

¿Y qué hacer ante estas flechas de rechazo y odio, ante estas espadas de sarcasmo y crítica, ante estas cárceles de segregación? Pues confesar con más fuerza al Señor, orar por nuestros verdugos y hallar consuelo en la mirada protectora de María, Reina de los Mártires. Y agradecer, agradecer a Dios por estas personas que nos denuncian y critican solo porque amamos al Señor de la Vida. Que para Él sea siempre la Gloria, pues esto nunca debe ser motivo de orgullo o razón para engordar nuestro ego, ojo.

Mientras estemos con Dios y vivamos de cara al Evangelio tendremos persecución, y aunque ya no son balas, flechas ni espadas, sino quiebres de relaciones, rechazos y mensajes sin contestar, debemos creer en la promesa de Dios. Como dijo el Papa: “Todas las personas que el Espíritu Santo elige para decir la verdad al Pueblo de Dios sufren persecuciones. Y Jesús es precisamente el modelo, el icono. Ha tomado sobre Él todas las persecuciones de su Pueblo. Y todavía hoy los cristianos son perseguidos. Me atrevo a decir que quizás hay igual o más mártires ahora que en los primeros tiempos, porque a esta sociedad mundana, a esta sociedad algo tranquila, que no quiere problemas, le dicen la verdad: le anuncian a Jesucristo.”

Que el Señor nos ayude a abrazar la cruz del martirio social para resucitar con Él y disfrutar con alegría el haber anunciado el Evangelio.