De católicas y ¡caóticas!

Hace aproximadamente un mes y medio a mi comadre y a mi se nos ocurrió convocar a un retiro para madres católicas con la intención de separar un día de la ajetreada vida de madres y esposas para un encuentro con Jesús y María. Esto fue a pocas semanas de haber vivido la transformadora experiencia de la Jornada Mundial de la Juventud en Panamá, y tras haber escuchado al Papa Francisco hablar del ‘ahora de Dios’ e invitarnos a ser ‘influencers de Dios’ al estilo de María. Al siguiente día estábamos publicando la información en redes y poco después se fue llenando la lista de mujeres interesadas en la experiencia.

Pues bien, ayer, en medio de la naturaleza y con un agradable clima que solo programa el termostato divino, nos reunimos un grupo de más de 30 mujeres para reflexionar sobre nuestra experiencia de Dios en medio de nuestra realidad como madres, esposas y profesionales.

Les comparto algunas de los aprendizajes que me llevé de esta linda experiencia:

Dios lo hace todo nuevo

No importa cuan imposible veamos una situación, o cuanto nos hallamos alejado de Dios, Él puede transformar nuestra vida y hacerlo todo nuevo. ¿La clave para esto? La humildad y la oración.

Amarte es reconocer el amor de tu creador

Uno de los temas que más se nos dificulta a las mujeres católicas es el amor propio, porque no queremos caer en vanidad. Pero durante el retiro vimos que el auto cuidado, el amor propio, llevado de forma saludable, hace honor a nuestro creador. Si no nos amamos a nosotras mismas no dejamos florecer ese amor de Dios que vive en nosotras.

Hay que vivir con propósito

Dios nos ha regalado dones y talentos a todas y, a veces, por vivir como zombies y en piloto automático, no reconocemos esos talentos y no los ponemos al servicio de los demás. Nuestros trabajos nos esclavizan y los convertimos en ídolos que nos atrapan en la carrera de tener, ser, ganar… Pero cuando vivimos con propósito y con Dios como único norte, podemos poner nuestros dones al servicio de los demás, sintiéndonos realizadas y felices.

¡Cállate y ora!

Como esposas a veces queremos ‘reparar’ a nuestros maridos, llevarlos a Cristo por la fuerza y moldearlos para que sean el padre, esposo y hombre d fe que nosotras queremos. El mensaje de ayer fue ”cállate y ora”: deja que Dios haga todo esto que tanto deseas. Él lo hará a su manera y a su tiempo. ¡Lo hará perfecto!

El mejor regalo

Como madres queremos darle todo lo mejor a nuestros hijos: el mejor colegio, las experiencias más memorables, los juguetes que los hagan felices… Pero no debemos dejar por último la transmisión de la fe: ese es el mejor regalo que podemos darle a nuestros hijos, pero más que eso, es nuestra responsabilidad. Nuestros hijos nos fueron enviados del cielo y debemos prepararlos para su regreso a casa. Nada es más importante.

Con esta experiencia nace, para la gloria de Dios, una comunidad, un espacio de encuentro con Jesús y María, para que podamos recordarnos las unas a las otras que aunque nuestra vida tiende al caos, la confusión y la oscuridad, el espíritu de Dios aletea sobre nosotras y quiere decirnos ‘¡que se haga la luz!’. (Génesis 1, 1-3)

Si quieres formar parte de esta comunidad, ya sea de forma virtual o real, únete a nuestra lista de correos para que creemos juntas este espacio. Te avisaremos de nuestros retiros reales y virtuales, y te compartiremos recursos y herramientas que te ayuden en el camino.

El Señor me instruyó, y comprendí. (Jeremías 11, 18)

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Mi cuaresma imperfecta

Llevo semanas despertándome a la 1, 2 o 3 de la mañana. Mis tres hijas han pasado malas noches, con pesadillas, miedo a la oscuridad y demás razones desconocidas pero sumamente incómodas, tanto para ellas como para mi. Estoy agotada, irritable y desesperada por una solución. Estos episodios iniciaron con la Cuaresma, y me sospecho que se extenderán hasta la Pascua.

Ciertamente el Señor me está mostrando con esto cuánto lo necesito, porque está sacando a la luz todos mis pecados: mi pereza, mi ira, mi arrogancia, mi desesperanza. Con todos mis planes cuaresmales desmoronados no me queda otra que entregarle todas mis piezas rotas al Señor para que Él me haga de nuevo.

¿Y a qué me refiero con que se han desmoronado mis planes cuaresmales? Pues que, como en cada cuaresma me propongo -por mis fuerzas- unos planes de lujo: rosario diario, confesión semanal y laudes cada mañana a las 4am. Este año además me propuse reducir el tiempo que paso en redes sociales, no tomar vino entre semana y no comer gluten ni lácteos.

Y tras escribir esto oigo al Señor decirme ”Porque yo quiero amor, no sacrificio, conocimiento de Dios, más que holocaustos.” (Oseas 6: 6) Precisamente, mis sacrificios mediocres e incompletos me demuestran que me falta el amor, que necesito más de ese conocimiento de Dios que sí le satisface.

Me levanto a más de medio camino de esta cuaresma, y tras el domingo de laetare para entregarle todo al Señor, aceptando que no puedo sin Él, que mis planes son una tontería y que quiero más conocimiento de Él para poder ser feliz, para poder amar.

Espero con ansias este sábado 6 de abril, cuando celebraremos el primer retiro para madres Católicas Caóticas con un grupo de aproximadamente 30 mujeres. Necesito de esa parada en el camino hacia la Pascua para reflexionar, para nutrirme del pan de la palabra en este desierto cuaresmal y saciarme del agua viva que me ofrece Jesús. Necesito pedirle a María que me lleve al Sagrado Corazón de su hijo, donde siempre logro descansar.

Si estás leyendo esto, te pido que eleves una oración por todas las madres Católicas y Caóticas que asistirán al retiro, para que lleguen con un corazón dispuesto y listo para recibir el pan de la palabra. Que las que necesiten reconciliarse con Dios puedan hacerlo y las que necesiten herramientas para el camino las obtengan y las usen.

Pidámosle a Dios que se encargue; Él hace todo perfecto.

Influencers de Dios

Recientemente se celebró en el país donde vivo, Panamá, la Jornada Mundial de la Juventud, un evento extraordinario que reunió cientos de miles de jóvenes de más de 140 países y donde el Espíritu Santo se derramó en bendiciones para todos los que le abrieron su corazón. En nuestro hogar recibimos dos peregrinos: un sacerdote italiano y un seminarista colombiano, ambos en misión en la ciudad de Amsterdam, Holanda. Como nosotros, varias familias recibieron jóvenes y adultos de todos los rincones del mundo.

Durante la jornada, y a través de una serie de eventos, el Papa Francisco se dirigió a los jóvenes con mensajes muy contundentes y aterrizados, utilizando lenguaje relevante y moderno. Fueron muchos los temas que se tocaron, pero en lo personal cinco temas me llegaron directamente al corazón y me invitaron a meditar y a accionar. Aquí los desgloso:

Ser el ahora

Dijo el Papa Francisco: ”Jesús revela el ahora de Dios que sale a nuestro encuentro para convocarnos también a tomar parte en su ahora de «llevar la Buena Noticia a los pobres, la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, dar libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia en el Señor»”.

Esta frase me invita a cuestionarme si estoy actuando en el ahora de Dios, o si solo estoy haciendo planes de santidad que dejo ‘para luego’, porque estoy muy concentrada en mi ahora, y no en el de Él. Jesús ciertamente ha salido a mi encuentro; ¡tengo que vivir Su ahora, no el mío!

Murmuración

Dijo el Papa Francisco: ”Una sociedad se enferma cuando no es capaz de hacer fiesta por la transformación de sus hijos, una comunidad se enferma cuando vive de la murmuración aplastante, condenatoria e insensible. El chisme.”

Y lo primero que me viene a la mente ante esta cita del Papa es el yo confieso que decimos en cada misa: de pensamiento, palabra, obra y omisión. ¡Cuánta murmuración hay en mis pensamientos! ¡Cuánta murmuración, envidia y condena surge de la navegación en redes sociales y ante las victorias de otros! Y aunque no se digan, muchas veces se piensan. Esto me ha hecho examinar más mis pensamientos, ser más consciente o ‘mindful‘ para tratar de sustituir esa condena, esa murmuración, ese juicio, por pensamientos de gratitud, oración y amor. ¡Cuán difícil es, pero tan necesario para la santidad!

Poner etiquetas

Dijo el Papa Francisco: ”Con la vida de la gente parece más fácil poner rótulos y etiquetas que congelan y estigmatizan no solo el pasado sino también el presente y el futuro de las personas. Le ponemos etiquetas a la gente, este es así, este hizo esto, así, así son la gente que murmuran, los chismosos son así. Estos rótulos que, en definitiva, lo único que logran es dividir: acá están los buenos y allá están los malos; acá están los justos y allá los pecadores”.

Esta cultura del adjetivo, de rotular por el pasado, el presente o el futuro, no solo aplica a los demás; aplica también a nosotros mismos, y viene a tronchar nuestra esperanza en la misericordia renovadora de Dios. ¿Cuántas veces me he rotulado a mi misma con algún adjetivo derogatorio, poniendo así límites a la acción del Espíritu Santo en mi? ¡Lo he hecho tantas veces! He llegado a pensar que no soy digna de ser católica, por mi pasado, por mi presente, por mi futuro que no parece santo ni perfecto. Pero eso no es lo que me dice Jesús, ¡no! A eso no es a lo que me llama. Jesús hace fiesta conmigo y me invita a renovarme en su misericordia cada día. A imitación de Él, entonces, he yo de eliminar los rótulos que imposibilitan y marcan a los demás.

Estar conectados para ser reconocidos

Dijo el Papa Francisco: ”Lo sabemos bien, no basta estar todo el día conectado para sentirse reconocido y amado. Sentirse considerado e invitado a algo es más grande que estar en la red.”

Esta frase me habla en mi vida sobre la vanidad, sobre ese deseo de buscar el ‘like’ del otro para sentirme validada. De estar todo el día pegada al celular viendo cuántos seguidores gano o pierdo, cuántos piensan que soy cool o que escribo cosas bonitas. ¡Cuánta vanidad! Y sé que no soy la única que lucha con esto. La vanidad es un pecado y soy pecadora, pero por la gracia de Dios puedo redireccionar este deseo y encontrar que hay uno que ya me dio ‘like’, que ya escribió el más hermoso comentario en mi vida, que ya se enganchó conmigo, y lo hizo en una cruz, con un sagrado corazón que no cabe en la pantalla de ningún iPhone ni de ninguna laptop.

María, la influencer de Dios

Dijo el Papa Francisco: ”A ustedes jóvenes les pregunto: ¿Quieren ser influencer al estilo de María. Ella se animó a decir «hágase»?”

Con esta frase Francisco no solo demostró su gran conexión con la juventud, con un tema tan relevante para nuestros tiempos, sino que nos puso el más claro ejemplo de la influencia: María, la humilde María. Y este llamado del Santo Padre revolvió mi corazón y lo llenó de un gran deseo de crear ejércitos de influenciadores que lleven almas a Cristo con valentía, sin juicio y con amor. ¡Quiero decir ‘hágase’ e invitar a otros a hacerlo también! Quiero que otros conozcan a Jesús a través de mi, ¡quiero ser influencer de Dios! Pero no por vanidad, ¡no! Sino porque ‘el poderoso ha hecho obras grandes en mi’ y no puedo meter la lámpara que Jesús encendió en mi corazón debajo del celemín. Tengo que ser luz y sal (Mateo 5, 13-16).

Y tu, ¿quieres ser influencer de Dios? ¿Qué te detiene, qué te lo impide? ¿Cómo puedes poner tus talentos al servicio del evangelio? ¡Cuéntame! Y si quieres descargar todos los mensajes del Papa Francisco en Panamá, visita este enlace: Papa en Panamá

Cosas de mujeres

Hace poco, escuchando el podcast Abinding Together de Ascension Press, pude conocer más acerca de las cuatro doctoras de la Iglesia: Santa Catalina de Siena, Santa Teresa de Ávila, Santa Teresa de Lisieux y Santa Hidelgarda de Bingen. De esta última conocía poco, pero aprender más acerca de su vida fue ultra mega fascinante. Hidelgarda fue abadesa, líder monástica, mística, profetisa, médica, compositora y escritora alemana. O sea, casi nada… Conocer la vida y obra de Hidelgarda, Catalina y las dos Teresas me hizo pensar en ese ‘genio femenino’ del que habló San Juan Pablo II y esa forma tan peculiar en que las mujeres podemos aportar a la Iglesia, sobretodo ahora que tanto lo necesita.

¿Qué es el genio femenino?

Según el ‘santo patrón de los hipsters’ (o sea, San Juan Pablo II) el genio femenino es el conjunto de dones específicamente femeninos –comprensión, objetividad de juicio, compasión, etc.– que se manifiestan en todos los pueblos. Estos son una manifestación del Espíritu, un don de Dios para realizar la vocación de asegurar la sensibilidad para el hombre. El genio femenino es la condición para una profunda transformación de la civilización actual. (Mulieris Dignitatem).

Estas cuatro mujeres, cada una a su manera, hicieron grandes aportes a la Iglesia, haciendo uso de estos dones que menciona San Juan Pablo II. Así como ‘las doctoras’, cada una de nosotras podemos hacer la diferencia en la Iglesia, aportando con nuestros talentos y activando la comprensión, la objetividad de juicio y la compasión que el mundo nos quiere quitar y quiere mostrarnos como ‘debilidades’. Sí, el mundo insiste en que somos fuertes, auto suficientes, capaces de TODO y que no necesitamos de nada ni de nadie para nuestra auto realización, y esos mensajes matan poco a poco nuestro genio femenino.

Entonces, ¿qué hacemos? ¿Cómo activamos el genio femenino del que habla la Iglesia? Aquí detallo algunas ideas que se me vienen a la mente:

  1. Defendiendo la vida desde la concepción: tener la valentía de hacer defensa de la vida entre nuestras amistades y conocidos es un acto heroico al que todos estamos llamados. Es más cómodo quedarnos callados ante una publicación que promueva el aborto, o cuando alguna amiga nos dice que optaría por terminar un embarazo de tener un niño con discapacidades, ¿pero qué harían las doctoras? Seguro no se hubiesen quedado calladas, ¿verdad? Seamos santas; ¡actuemos como las santas!
  2. Transmitiéndole la fe a nuestros hijos: para tener un mundo que aprecie los valores cristianos tenemos que criar niños cristianos. Por ello es tan importante inculcarle la fe a nuestros hijos, aunque sea una ardua tarea mantenerlos quietos en misa o hacerlos que escuchen cuando leemos la palabra o rezamos en familia. La semilla de la fe crecerá en ellos si es regada y cuidada, y en el momento del ataque ¡los salvará!
  3. Sirviendo a los demás: Esto mejor que se los explique el mismísimo Jesús….”Vengan, benditos de mi Padre, tomen posesión del reino preparado para ustedes desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; era un extraño, y me hospedaron; estaba desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; en la cárcel, y fueron a verme.” Tratemos de poner esto en práctica (y me requete incluyo porque fallo hartísimo en esto).
  4. ORACIÓN: Así, en mayúsculas. Todas las anteriores solo las podemos lograr si mantenemos una vida de oración comprometida y fuerte; pero no desde nuestras fuerzas, sino en la humildad de sabernos incapaces de servir a los demás, de defender la fe, de transmitir la fe, ¡y hasta de orar! Tratemos de poner la oración como nuestra prioridad de vida; lo primero que hagamos en la mañana y lo último que hagamos en la noche. Recordemos lo que escribió San Pablo “Estén siempre alegres, oren sin cesar, den gracias a Dios en toda situación, porque esta es su voluntad para ustedes en Cristo Jesús” (1 Tesalonicenses 5:16-18). A mí la práctica de la gratitud constante me ha ayudado en la oración, porque no tengo que esperar a tener un problema o necesitar algo para pedir, sino que trato de dar gracias por cosas sencillas, y ese ‘gracias’ es una oración que sube al cielo y al que el Señor responde con un ‘de nada’ lleno de dones y maravillas.
  5. Conociéndonos: y aquí no me limito a conocernos como personas, con nuestros dones y debilidades. Me refiero a conocer nuestros cuerpos y nuestros ciclos, porque el demonio ataca por medio de las hormonas. Al menos a mi me pasa que previo a mi periodo (durante el famoso PMS) siento menos conexión con Dios, menos ganas de rezar. Siento más ira, estoy mucho más irritable y el pecado de la soberbia se me da fácil en ‘esos días’. Por eso, cuando sé que estoy a la espera de mi periodo, trato de reforzar la oración y de tenerme paciencia. Intento estar más conectada con mis sentimientos para no caer en pecado gritándole a los demás o encolerizándome por tonterías. No es fácil, pero hay que intentarlo.

¿Qué añadirías a esta lista? ¿Cómo más crees que las mujeres podemos usar ese ‘genio femenino’ en la reconstrucción de la Iglesia. Déjame saber en los comentarios y comparte este artículo con aquellas mujeres de tu vida que tienen algo que aportar a la Iglesia desde su femineidad.

Síndrome del católico impostor

Hace algunos días escuchaba una charla en la que hablaban del síndrome del impostor; ese malestar emocional asociado al sentimiento de no merecer la posición que se ocupa a nivel laboral.. Es un sentimiento que sufren muchas personas que trabajan en empresas de mucho renombre, o aquellos que emprenden y siente que ‘no saben bien lo que están haciendo’. Creo que alguna vez en mi vida profesional he sufrido ese malestar, no obstante hay otro lugar en el que a veces el demonio me hace sentir como impostora: la Iglesia.

A pesar de ser ‘católica de cuna’ (o cradle catholic, como se dice en inglés) y haber sido bautizada en mi infancia, nunca fui una católica muy activa. Era, lo que llamamos en mi país, una católica ‘pasada por agua’. Íbamos a la iglesia de vez en cuando, sobretodo cercano a los ritos de los sacramentos iniciales: primera comunión y confirmación. Fuera de eso, no hacía mucha vida de Iglesia. No fue hasta que cumplí ventipocos años que el Señor me llamó a seguirlo en una discoteca (si, a través de un amigo, en una discoteca; luego escribiré acerca de esto). Fue en esa época que inicié una vida de fe más activa, pero ”la semilla cayó entre piedras, donde había poca tierra, y las semillas brotaron en seguida por no estar muy honda la tierra. Pero cuando salió el sol, las quemó y, como no tenían raíces, se secaron.” (Marcos 4, 5s)

Más de una década después, y a través del matrimonio, Dios me insertó en una familia muy devota, con mucha tradición católica y muy comprometida con la Iglesia. En mi soberbia y mi inseguridad, sentía que tenía ser ‘más católica’ para poder integrarme correctamente a esta nueva familia, para ‘ser aceptada’. Eso es lo que el demonio me hizo sentir durante algunos años. Pero en su misericordia y su bondad, el Señor luego me permitió ver que tanto Él como la familia de mi esposo me aceptan tal cual soy: como una pecadora más que necesita del amor de Dios.

Y este repaso de mi historia, y los engaños del maligno, me hacen pensar si María Magdalena también sintió el síndrome de la discípula impostora, o si el hijo pródigo se habrá sentido que tenía que dar la talla una vez regresó a la casa de su padre y empezó a compararse con su hermano.

Tal y como aquellos que sufren del síndrome del impostor, muchos sentimos que no merecemos la posición que ocupamos: ser hijos de Dios y pertenecer a su Iglesia. El demonio nos hace cuestionar si lo estamos haciendo bien, si realmente merecemos esto, o si somos dignos de tan grande regalo.

Hoy me doy cuenta que sentirme católica impostora es pura soberbia; que me miro más a mi de los que miro a Cristo. Mirando a Jesús logro sentir el gozo de su amor y la paz de esa misericordia que me arropa y me sobrecoge. Solo en Él no hay engaño; todo es verdad, todo es gracia, todo es amor.

Le pido hoy al Señor que me permita verlo a Él, donde no hay engaños, para que permaneciendo el Él pueda dar frutos para su mayor gloria.

¿Te has sentido católico impostor alguna vez? ¡Cuéntame!

 

La prisa de María

Hay un misterio del Santo Rosario que se ha convertido en mi favorito. Desde hace meses, si es lunes o sábado y toca rezar los misterios gozosos, medito con especial devoción el segundo misterio: la visitación. La escena de María visitando a su envejecida prima Isabel para ayudarla en su embarazo me llena de ternura y me sirve de inspiración.

En todos mis embarazos he trabajado con doulas, mujeres que acompañan a la embarazada previo al nacimiento del bebé, pero muy especialmente durante el parto y el post parto. La palabra doula en griego quiere decir sierva o esclava, tal cual se definió María ante el ángel: ”He aquí la esclava del Señor” (Lc 1, 38) Y eso fue lo primero que hizo María tras recibir el Espíritu Santo y gestar en su vientre al Salvador del Mundo: ser la esclava del Señor a través del servicio al otro. ¡Pudiésemos decir que María fue la doula de su prima Isabel!

Pero hay algo que me llama especialmente la atención y que me inspira de esta escena: dice el evangelio que María fue ‘de prisa’ a la montaña a visitar a Isabel (Lc 1, 39). ¡De prisa! El Espiritu Santo en ella instaló una especie de motor ‘turbo’ en su vocación de servicio. Y María no llegó a Isabel a contarle el gran acontecimiento que había vivido. ¡Digo, después de todo no es a diario que se nos aparece un ángel para decirnos que seremos la madre del redentor! No, ella se concentró en ‘el otro’, en este caso su prima entrada en años, que necesitaba su ayuda. Se donó a ella y con su acción también le dijo: ”he aquí la esclava del Señor”, que fue a servirle, a pesar de que ella también estaba embarazada.

En mi primer embarazo yo también tuve una doula que estaba embarazada. Hoy veo esto como un lindo acontecimiento que Dios me permitió vivir para hablarme del gran regalo que nos da a las mujeres, dejándonos gestar vida en nuestros vientres y acompañarnos las unas a las otras en el servicio y el amor. ¡Ese es el ejemplo que nos da la apresurada María! Servir a toda prisa.

Esto me hace recordar un fragmento de los escritos de San Rafael Arnaiz Barón, monje trapense considerado uno de los grandes místicos del siglo XX. Escribió San Rafael:

”Dios tan bueno conmigo, que en el silencio me habla al corazón y me va enseñando poco a poco, quizás con lágrimas siempre con cruz, a desprenderlo de las criaturas, a no buscar la perfección más que en Él; a mostrarme a María y decirme: He aquí la única criatura perfecta. En Ella encontrarás el amor y la caridad que no encuentras en los hombres”.

Por eso le pido a María ser como ella: apresurada en el servicio, humilde ante los regalos del cielo y agradecida en todo momento.  Que así lo permita Dios.

Agradar a Dios

Este año inicié el adviento llena de planes para tener una temporada de enseñanzas y celebraciones enriquecedoras con mis hijas. Pensé comprar una piñata para el día de Nuestra Señora de Guadalupe, encender cada domingo las velas de la corona de adviento,  y quise jugar a las aventuras de los Tres Reyes Magos en preparación a la epifanía.  Pues ya para el segundo domingo de adviento olvidamos encender la vela de la corona, nunca terminamos de desempolvar los reyes de peluche para ponerlos a hacer travesuras por la casa y en lugar de comprar una piñata el día de Guadalupe compré unos polvorones que mis hijas odiaron. Las figuras del nacimiento que compramos por internet llegaron tarde y no fue hasta el domingo que Gaudete que pudimos montarlo. Y por cierto, ese domingo no nos vestimos todos de rosado, como lo había planificado. ¡Un desastre!

Lo único que hice más o menos bien fue entregarles a las niñas unos pequeños obsequios el día de San Nicolás, para que sepan que quien viene el 25 no es Santa Claus, sino el niño Jesús.

Todos mis planes se fueron desmoronado, y mi frustración fue creciendo. Sentía que estaba desperdiciando este tiempo de adviento y que mis hijas no se estaban llevando las lecciones que quería dejarles. Mi pequeña Iglesia Doméstica no era la que había imaginado; no estaba llena de celebraciones litúrgicas, con tradiciones, comidas, canciones y oraciones especiales.

Luego recordé algo que dijo alguna vez un sacerdote amigo de la familia: ”dejen de tratar de ser perfectos. Dios no quiere perfección, Dios solo quiere amarnos”. ¡Qué consuelo! ¡Qué descanso! ¡Qué ternura! Esa perfección de mis planes no viene de Dios, viene de mi soberbia, y eso, ciertamente, no es lo que quiere el Señor.

Dios no me ama más o menos si hago o dejo de hacer, si mi casa está llena de decoraciones y si hacemos perfectamente o no las tradiciones de la época. A Él no le importa si nos vestimos de rojo,  verde o morado, porque el no ve nuestra vestimenta coordinada con los colores litúrgicos; Él ve el corazón.

Esto me hace refugiarme en la oración de Tomás Merton, el famoso monje trapense a quien admiro tanto. Su oración dice:

Dios, Señor Mío, no tengo idea de adónde voy.
No veo el camino delante de mí.
No puedo saber con certeza dónde terminará.
Tampoco me conozco realmente,
y el hecho de pensar que estoy siguiendo
tu voluntad no significa
que en realidad lo esté haciendo.
Pero creo que el deseo de agradarte,
de hecho te agrada.
Y espero tener ese deseo en todo lo que haga.
Espero que nunca haga algo apartado de ese deseo.
Y sé que si hago esto
me llevarás por el camino correcto,
aunque yo no me dé cuenta de ello.
Por lo tanto, confiaré en ti siempre
aunque parezca estar perdido a la sombra de la muerte.
No tendré temor porque estás siempre conmigo,
y nunca dejarás que enfrente solo mis peligros.
Amén

Deseo agradar a Dios, y no quiero apartarme de ese deseo. Pero solo agradaré a Dios si Él es el centro de mi vida y todo lo que haga lo hago por Él y para Él, por servicio y amor. Lo que haga por ego y en respuesta a mi soberbia no es de Dios y debo alegrarme cuando Él desmorona mis planes.

Dios me protege de mi pecado porque quiere mi felicidad, mi santidad. Y por eso tengo que dar gracias.

 

Pedirle nuestro amor

Si hay algo que no deja de maravillarme acerca de la forma en que Dios nos ama es su libertad; no nos obliga a amarlo, y a la vez nos ama inmensamente. Dios se corre el riesgo que lo rechacemos, que lo neguemos, que lo saquemos por completo de nuestras vidas, y aun cuando lo ofendemos y nos alejamos de Él, siempre está dispuesto a recibirnos con brazos abiertos.

A todos nos ha pasado alguna vez; usamos esa libertad que Dios nos ha regalado para hacer, literalmente, lo que nos da la gana. Vamos por el mundo buscando otras cosas, otros ‘dioses’… cosas, personas y experiencias que no nos dan vida, que no nos llenan, pero nos entretienen.

Muchas veces escucho a la gente decir ‘’Dios, no me abandones’’, pero me pregunto si esa es la forma correcta de orar. Dios, ciertamente, no nos abandona. Nosotros lo abandonamos a Él. Usamos la libertad que Él mismo nos ha dado para rechazarlo, para negarlo, para separarnos de Él. Y cuando caemos en el abismo, nos volteamos a su rostro preguntándole por qué nos ha abandonado.

Por eso le pido a Dios que me permita amarlo, que no deje que YO lo abandone, sabiendo que Él nunca lo hace. Es un trabajo de cada día: pedirle a Dios MI amor, pedirle mi fidelidad, la fuerza para hacer su voluntad amándola y amándome a mi en ella. Porque el amor se le pide a quien es amor, ¡por eso hay que ir a la fuente!

También hay que introducirse en el lugar donde se gestó el amor: en el vientre de María, lleno del Espíritu Santo, donde podemos recibir todas las gracias que Dios quiere regalarnos. Ella siempre nos lleva a su hijo pidiéndonos que hagamos lo que Él nos dice.

Puedo dar fe de la amorosa respuesta de Dios cuando le pido que me deje amarlo. Mi corazón se enciende y mi fe aumenta. Pero mi libertad me hace débil y cualquier tontería me distrae si no estoy atenta. Ahí es cuando tengo que pedir con mayor fuerza: ¡Señor, no dejes que te abandone! ¡María, introdúceme en tu vientre!

¿Lo pedimos juntos?

¡Valentía!

Hace un par de días hablaba con una amiga bloguera que vive en Estados Unidos acerca de los constantes ataques y burlas a aquellos que profesamos la fe católica. ”Mis amigas me tachan de retrógrada”, me comentó con cierta tristeza. ”Ellas hablan con plena libertad acerca de sus prácticas espirituales, como el yoga o el mindfulness, pero si yo digo algo acerca de mi fe me critican”. Le confirmé que no estaba sola, que muchos nos sentimos así y la verdad es que desde hace algún tiempo vengo albergando esa frustración de ‘medir mis palabras’ cuando se trata de mi fe católica, mientras otras personas hablan abiertamente de sus prácticas espirituales, incluyendo a nuestros hermanos protestantes, a los que hacen yoga, los que practican budismo, los que creen en la astrología, la alineación de chakras o la limpieza de auras.

Pues, ¿saben qué? ¡Me cansé! No voy a tener mi fe en el closet porque el mundo no la acepte, porque el mundo piense que el catolicismo es retrógrado y que es más cool creer en otras cosas. Es hora de ser valientes y hablar abiertamente de nuestro amor a Cristo y a su Iglesia, aunque eso nos merezca críticas, persecución y relaciones rotas. ¡Valdrá la pena!

Hablando de esto hace algunas noches con mi esposo y me recordó esa frase de San Francisco de Asís que dice ”evangeliza en todo momento, y si es necesario usa las palabras”. Pues creo que llegamos a ese momento y es necesario usar palabras. ¡Más palabras! Claro, acompañarlas con acciones, ¡eso no ha de faltar y puede ser lo más difícil! Pero hay que hablar, escribir, cantar de nuestra fe; amarla y defenderla porque el mundo necesita conocerla. ¡Son necesarias las palabras! ¡Es hora!

Terminé mi conversación con mi amiga contándole de la alegría que sentí la primera vez que tuve personas criticando una publicación de Católica Caótica en Facebook. Ese comentario negativo e hiriente fue la confirmación que necesitaba. Porque Jesús prometió el ciento por uno con persecuciones, no con alabanzas.

Armémonos de valentía para vivir nuestra fe fuera del closet, sin tibieza pero con mucho amor, ¡ese es el secreto! Sin amor nuestras palabras y demostraciones de fe se quedan en el aire y se tornan en cosas vacías. ¡Es poner la otra mejilla sin defenderse, pero sin acomodarse para encajar! Ser católico hoy, como en los inicios de la Iglesia, requiere valentía: pidámosela a la Virgen, que de eso ella sabe mucho.

 

Evangelizando con nombres

Cuando tenía como 24 o 25 años escribí una lista bastante peculiar de nombres para mis futuros hijos. Las opciones iban desde ”Lluvia”, ”Arcoiris”, ”Coral”, etc. Creo que ya les he escrito por acá acerca de mi obsesión por lo diferente y mi necesidad de llevar la contraria, y estos nombres eran claramente una extensión de ese modo de ser.

Con los años le fui quitando importancia a eso de tener hijos, y con ese desinterés mi lista de nombres raros quedó en el olvido. Poco sabía yo que Dios se haría el encontradizo conmigo a través de un embarazo no planificado y fuera del matrimonio. Un día cualquiera, luego de hacer un salto en paracaídas (por acá más acerca de ese pasatiempo), una prueba de embarazo casera reveló dos rayas: ¡estaba embarazada! Obviamente, con ese acontecimiento, regresó a mi el interés por los nombres. Pero esta vez, en lugar de interesarme por nombres raros o relacionados a la naturaleza y sus manifestaciones, me interesé por nombres con significado.

Mi primera hija se llama María Stella, porque gracias a ella regresé a la Iglesia. Su nombre me fue inspirado por un poema que se le atribuye a San Bernardo que dice  “¡Oh tú que te sientes lejos de la tierra firme, arrastrado por las olas de este mundo, en medio de las borrascas y de las tempestades, si no quieres zozobrar, no quites los ojos de la luz de esta Estrella, invoca a María!”. Además, estando embarazada de ella, mi esposo (en aquel entonces mi novio) viajó a Israel y le pedí que visitara la Gruta de la Leche para que rezara por nuestra hija. Sucede que la madre superiora de las monjas que custodian la Gruta se llama María Stella. Una clara confirmación del nombre que seleccionamos.

Mi segunda hija se llama Belén, porque a dos días de ir ya como esposos con nuestra hija Maria Stella a Tierra Santa supimos que estábamos esperando nuevamente. Esa Navidad la celebramos en Belén, en la Gruta de la Leche, con las dos María Stellas: nuestra hija y la madre superiora del convento.

Mi tercera hija se llama Loreto, como la ciudad italiana donde se encuentra la casa de la Sagrada Familia. La Virgen de Loreto es patrona de los aviadores y mi esposo y yo nos conocimos en aeropuertos, haciendo paracaidismo. Sin saberlo, el cura que nos casó me regaló una medalla de la Virgen de Loreto en nuestra boda. Otra confirmación más de que ese nombre estaba destinado para nuestra familia.

Me gusta contar la historia de los nombres de mis hijas porque lo veo como una forma de evangelizar. Sus nombres nos son casualidad, ni capricho rebelde como mis selecciones de juventud. Los vemos como nombres confirmados por Dios para nuestras hijas y muestra de que Él interviene en todo, que no hay casualidades. ¿No crees?

Y tu, ¿conoces el origen de tu nombre? ¡Cuéntame!