Agradar a Dios

Este año inicié el adviento llena de planes para tener una temporada de enseñanzas y celebraciones enriquecedoras con mis hijas. Pensé comprar una piñata para el día de Nuestra Señora de Guadalupe, encender cada domingo las velas de la corona de adviento,  y quise jugar a las aventuras de los Tres Reyes Magos en preparación a la epifanía.  Pues ya para el segundo domingo de adviento olvidamos encender la vela de la corona, nunca terminamos de desempolvar los reyes de peluche para ponerlos a hacer travesuras por la casa y en lugar de comprar una piñata el día de Guadalupe compré unos polvorones que mis hijas odiaron. Las figuras del nacimiento que compramos por internet llegaron tarde y no fue hasta el domingo que Gaudete que pudimos montarlo. Y por cierto, ese domingo no nos vestimos todos de rosado, como lo había planificado. ¡Un desastre!

Lo único que hice más o menos bien fue entregarles a las niñas unos pequeños obsequios el día de San Nicolás, para que sepan que quien viene el 25 no es Santa Claus, sino el niño Jesús.

Todos mis planes se fueron desmoronado, y mi frustración fue creciendo. Sentía que estaba desperdiciando este tiempo de adviento y que mis hijas no se estaban llevando las lecciones que quería dejarles. Mi pequeña Iglesia Doméstica no era la que había imaginado; no estaba llena de celebraciones litúrgicas, con tradiciones, comidas, canciones y oraciones especiales.

Luego recordé algo que dijo alguna vez un sacerdote amigo de la familia: ”dejen de tratar de ser perfectos. Dios no quiere perfección, Dios solo quiere amarnos”. ¡Qué consuelo! ¡Qué descanso! ¡Qué ternura! Esa perfección de mis planes no viene de Dios, viene de mi soberbia, y eso, ciertamente, no es lo que quiere el Señor.

Dios no me ama más o menos si hago o dejo de hacer, si mi casa está llena de decoraciones y si hacemos perfectamente o no las tradiciones de la época. A Él no le importa si nos vestimos de rojo,  verde o morado, porque el no ve nuestra vestimenta coordinada con los colores litúrgicos; Él ve el corazón.

Esto me hace refugiarme en la oración de Tomás Merton, el famoso monje trapense a quien admiro tanto. Su oración dice:

Dios, Señor Mío, no tengo idea de adónde voy.
No veo el camino delante de mí.
No puedo saber con certeza dónde terminará.
Tampoco me conozco realmente,
y el hecho de pensar que estoy siguiendo
tu voluntad no significa
que en realidad lo esté haciendo.
Pero creo que el deseo de agradarte,
de hecho te agrada.
Y espero tener ese deseo en todo lo que haga.
Espero que nunca haga algo apartado de ese deseo.
Y sé que si hago esto
me llevarás por el camino correcto,
aunque yo no me dé cuenta de ello.
Por lo tanto, confiaré en ti siempre
aunque parezca estar perdido a la sombra de la muerte.
No tendré temor porque estás siempre conmigo,
y nunca dejarás que enfrente solo mis peligros.
Amén

Deseo agradar a Dios, y no quiero apartarme de ese deseo. Pero solo agradaré a Dios si Él es el centro de mi vida y todo lo que haga lo hago por Él y para Él, por servicio y amor. Lo que haga por ego y en respuesta a mi soberbia no es de Dios y debo alegrarme cuando Él desmorona mis planes.

Dios me protege de mi pecado porque quiere mi felicidad, mi santidad. Y por eso tengo que dar gracias.

 

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