Evangelizando con nombres

Cuando tenía como 24 o 25 años escribí una lista bastante peculiar de nombres para mis futuros hijos. Las opciones iban desde ”Lluvia”, ”Arcoiris”, ”Coral”, etc. Creo que ya les he escrito por acá acerca de mi obsesión por lo diferente y mi necesidad de llevar la contraria, y estos nombres eran claramente una extensión de ese modo de ser.

Con los años le fui quitando importancia a eso de tener hijos, y con ese desinterés mi lista de nombres raros quedó en el olvido. Poco sabía yo que Dios se haría el encontradizo conmigo a través de un embarazo no planificado y fuera del matrimonio. Un día cualquiera, luego de hacer un salto en paracaídas (por acá más acerca de ese pasatiempo), una prueba de embarazo casera reveló dos rayas: ¡estaba embarazada! Obviamente, con ese acontecimiento, regresó a mi el interés por los nombres. Pero esta vez, en lugar de interesarme por nombres raros o relacionados a la naturaleza y sus manifestaciones, me interesé por nombres con significado.

Mi primera hija se llama María Stella, porque gracias a ella regresé a la Iglesia. Su nombre me fue inspirado por un poema que se le atribuye a San Bernardo que dice  “¡Oh tú que te sientes lejos de la tierra firme, arrastrado por las olas de este mundo, en medio de las borrascas y de las tempestades, si no quieres zozobrar, no quites los ojos de la luz de esta Estrella, invoca a María!”. Además, estando embarazada de ella, mi esposo (en aquel entonces mi novio) viajó a Israel y le pedí que visitara la Gruta de la Leche para que rezara por nuestra hija. Sucede que la madre superiora de las monjas que custodian la Gruta se llama María Stella. Una clara confirmación del nombre que seleccionamos.

Mi segunda hija se llama Belén, porque a dos días de ir ya como esposos con nuestra hija Maria Stella a Tierra Santa supimos que estábamos esperando nuevamente. Esa Navidad la celebramos en Belén, en la Gruta de la Leche, con las dos María Stellas: nuestra hija y la madre superiora del convento.

Mi tercera hija se llama Loreto, como la ciudad italiana donde se encuentra la casa de la Sagrada Familia. La Virgen de Loreto es patrona de los aviadores y mi esposo y yo nos conocimos en aeropuertos, haciendo paracaidismo. Sin saberlo, el cura que nos casó me regaló una medalla de la Virgen de Loreto en nuestra boda. Otra confirmación más de que ese nombre estaba destinado para nuestra familia.

Me gusta contar la historia de los nombres de mis hijas porque lo veo como una forma de evangelizar. Sus nombres nos son casualidad, ni capricho rebelde como mis selecciones de juventud. Los vemos como nombres confirmados por Dios para nuestras hijas y muestra de que Él interviene en todo, que no hay casualidades. ¿No crees?

Y tu, ¿conoces el origen de tu nombre? ¡Cuéntame!

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María, la heroína

Debo confesar algo: por años se me ha hecho muy, pero que muy difícil tener una relación estrecha con la Santísima Virgen María. Si, con María, la de Nazareth. María, la madre de Jesús. María, la esposa del Espíritu Santo.

Siempre la he sentido demasiado buena, perfecta, dócil, dulce e intimidantemente obediente. Yo no comparto ninguno de esos atributos, NINGUNO. Sé que es un modelo a seguir para las madres y mujeres cristianas, pero no le llego ni a los tobillos… ¡No le llego ni a la uña gorda del pie!

Yo soy más del club de la otra María, la Magdalena. La otra que acompañó a Jesús al pie de la cruz.

Soy irreverente y arriesgada. No voy por la vida guardando todo en mi corazón. Digo lo que siento y no tengo miedo de expresar mis opiniones. Por eso siempre he sido fan de las súper heroínas. De pequeña admiraba a la Mujer Maravilla con locura y amaba su valentía y su fuerza.

No obstante, hace algunos días, en uno de esos momentos de atención relajada en los que piensas que no estás pensando en nada pero te surgen pensamientos interesantísimos, tuve una idea que me consoló: pensé en María como la gran heroína de las bodas de Caná. Me detuve a pensar en eso y reflexioné cómo María fue tan observadora como para fijarse que la pareja de la boda se había quedado sin vino. Si algo no imagino de María es que se preocupase por eso porque andaba corta de copas, para nada (esa, ciertamente, sería una preocupación para alguien como yo). María se preocupó por los demás, por la pareja, por los invitados. En un acto heroico le mencionó la situación a Jesús y, aunque éste inicialmente cuestionó su intervención, luego la obedeció como buen hijo judío (disculpen, pero tenía que meter el cliché de los hijos judios y su apego a la madre). María, a pesar de no tener la confirmación de su hijo, confió en su auxilio y mandó a los sirvientes a hacer ‘’lo que Él os diga’’.

Cuando supimos del embarazo de mi segunda hija, Belén, abrimos la Biblia buscando una palabra de Dios ante este acontecimiento y éste fue el evangelio que nos regaló: el relato de las bodas de Caná. Hoy me doy cuenta por qué Dios me regaló esa palabra: para mostrarme la María providente y heroína que siempre se preocupa por sus hijos y no los desampara. La María en la que yo necesito confiar.

Doy gracias a Dios por tener una heroína tan poderosa a mi alcance. Una que no necesita avión invisible ni brazaletes de oro para socorrerme. Una heroína a quien puedo llamar pasando las cuentas de un rosario o invocándola con un simple Ave María.

No hay mejor heroína que ella, la Madre de la Misericordia.