Vivir el Shemá

Hace un par de años me mudé a un barrio predominantemente judío. En los alrededores de mi casa hay varias sinagogas, mercados y restaurantes kosher, una escuela hebrea y decenas de comercios operados por judíos. Y esto, aunque suene extraño, ha sido una bendición para mi fe, pues me ha ayudado a observar cómo nuestros ‘hermanos mayores’ viven la suya*. Cada vez que los veo caminando en familia a la sinagoga, con sus cabezas cubiertas, vestidos de forma modesta -pero elegante- para ir a rezar, o respetando por completo el sábado, me viene a la mente la lectura conocida como el ‘Shemá Israel’, la oración más sagrada del judaísmo.

La lectura del Shemá se encuentra en Deuteronomio 6:3-9, y en ella se nos llama a amar al Señor nuestro Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, con toda nuestra mente y con todas nuestras fuerzas. También nos ordena a repetirle estas palabras a nuestros hijos, y a hablar de ellas ‘tanto si estás en casa como si vas de viaje, así acostado como levantado’.  Nos pide atarlas a nuestras manos como una señal, y mantenerlas como una insignia entre los ojos. Por último, la lectura ordena a  escribirlas en las jambas de la casa y en las puertas. De este texto desprende que en las casas y en los comercios judíos pueda verse una mezuzá en el marco de la puerta, albergando un pergamino donde está escrito este ‘Shemá Israel’. La mezuzá en el dintel de la puerta da testimonio del compromiso con el Dios de Israel, los valores bíblicos y un estilo de vida piadoso.

Como buen judío Jesús rezaba y vivía el Shemá. Este mandato de Dios se nos recuerda en la voz de Cristo en los evangelios de Marcos, Mateo y Lucas. Es el primer mandamiento y es el que nos permite amar al prójimo.

¿Y cómo se ama al Señor con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas? Pues pidiéndoselo a Dios; pidiéndole que nos permita amarlo de esa forma tan trascendental y determinante, de esa forma tan transformadora y completa. Solo Él nos puede dar la capacidad y el poder de amarlo, pero para ello tenemos que pedírselo.

Desde hace algunos meses he añadido ese ruego a mi oración: Señor, permíteme amarte con todo mi corazón, con toda mi alma, con toda mi mente y con todas mis fueras, para que así logre amarme y, por consiguiente, logre amar al prójimo.  Se que el Señor me escuchará y me ayudará a amarlo. En mí estará tener la disponibilidad de realmente ofrecerle todo mi corazón, toda mi alma, toda mi mente y todas mis fuerzas, a pesar de mi, a pesar de la libertad que Él mismo me ha dado.

Ese es mi deseo, y lo llevo en el dintel de mi mente y de mi corazón.

*Mi intención con este artículo es señalar como trato de vivir el ‘Shema Israel’ de la misma forma que los judíos lo hacen. Pero valga la aclaración que cuando digo el ‘Señor mi Dios’ me refiero a la Santísima Trinidad, un solo Dios. La paz.

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