Misioneras de la humillación

Recientemente, entre una reunión y otra, tuve chance de pasar por una capilla cerca de mi casa para rezar un poco. Pretendía quedarme solo algunos minutos, cinco como máximo. Por eso, me estacioné como pude y salí corriendo de mi auto. No bien había cerrado la puerta, una de las monjas que custodia la capilla me dijo: ‘No puedes estacionarte ahí; estás tapando la imagen de la virgen y además ahí se estacionan las personas con discapacidad’.  Y aunque me lo dijo con una sonrisa, y en clara corrección fraterna, el monstruito de mi soberbia casi abre la boca para decirle: ‘pero es que me voy rápido…’, pero no lo hice. Me enfrenté a lo que estaba sucediendo: me había topado con una misionera de la humillación, esas personas que nos regala Dios para humillarnos y hacernos entrar en razón, para que obedezcamos, para que sepamos que las cosas no son ‘a nuestra manera’. Obviamente, subí de nuevo a mi auto y me estacioné correctamente. Humillada.

De toda la vida me ha costado mucho ser obediente. Ser rebelde y tratar de no seguir instrucciones es uno de mis pasatiempos favoritos. Cuestiono todo, no me conformo y, claro está, creo que me lo se todo y que yo tengo todas las respuestas. Y eso no es lo que Dios quiere de mi. Por eso, desde que empecé a servir y a vivir una vida en comunidad de fe, Dios ha ido moldeando mi actitud con amorosas experiencias de humillación.

Recuerdo que en una ocasión me tocaba llevar flores a un servicio religioso. Como iba de prisa compré unas sencillas margaritas en el supermercado, doble sus tallos con la mano y las metí a la fuerza en un florero sin agua. Sucede que ese día se unió a nuestro servicio una de esas misioneras de la humillación que no tardó en llamarme la atención por haber puesto tan poco cuidado y empeño en la preparación de aquella ofrenda floral. Me recordó que todo lo que hacemos para el Señor debe llevar la dignidad correspondiente. Me llenó de ira su comentario y estuve rumiándolo por semanas. Cada vez que me acordaba de su comentario me hervía la sangre. Me había humillado de la manera más dura…. Pero tenía toda la razón y eso era lo que más me dolía. Aunque me costó, di gracias por aquella humillación y por aquella misionera que hizo que viera mi error.

Y esto no solo pasa en el ámbito de la vida parroquial: hay misioneros de la humillación por todos lados. Gente que te corrige, que te llama la atención cuando haces algo que no debes hacer, gente que cuestiona tus actos o pone en evidencia tu pecado.

¡Qué bueno que existen estos misioneros de la humillación! Aunque sus palabras duelan son necesarias para llevarnos a la humildad a la que somos llamados, para matar el ego que nos impide salir de nosotros mismos y vivir para los demás.

¡Que vivan los misioneros de la humillación y sus dolorosas palabras!

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