Mis santos amigos

Cocinar es una de las actividades que más disfruto. No importa cuán cansada haya llegado a la casa luego de un cargado día de trabajo, meterme en la cocina y preparar algo de comer para mi familia me hace feliz. Pero eso no quiere decir que cocine súper bien o que todo lo que hago me quede espectacular. Mi falta de paciencia atenta contra el éxito de las más sencillas recetas que encuentro en internet y la memoria de placenta que solemos padecer las madres impide que recuerde ingredientes esenciales, como la sal.

Hace escasos días me disponía a cocinar una receta para el almuerzo de cumpleaños de mi marido. Era una receta sencilla pero en cantidades astronómicas, pues esperábamos a toda su familia: 12 adultos y un ejército de niños. Empecé a cocinar a las 6:00am y ya a eso de las 9:00am estaba inmersa en la elaboración del segundo plato. Para dicha receta necesitaba dorar una cantidad considerable de tocino, el cual lancé a un sartén frío para que se cocinase lentamente. El tiempo pasaba y el tocino no se doraba, aunque sí soltaba toda su grasa mientras permanecía flácido sobre mi sartén ya calentito. Por alguna razón, se me ocurrió decir: ”Ayúdame Santa Marta, que quede bien esta comida”. Y por intervención de la anfitriona de Jesucristo, mi tocino quedo hermosamente dorado. Así, solo con pedirlo….. Gracias a la ayuda e intercesión de Santa Marta, mi santa amiga.

Y la verdad es que he tomado por costumbre pedirle ayuda a mis amigos los santos para cuanto problema aparece: desde el tocino flácido de mis recetas, hasta las enfermedades de mis hijas. Mis santos amigos siempre están ahí para mi, para intervenir a mi favor y pedirle al Padre del Cielo que me ayude tanto en las cosas sencillas como en las complicadas.

En días recientes le he pedido ayuda a Santa Gianna, patrona de las madres y mujeres embarazadas, a Santa Rosa de Lima, patrona de América Latina, a San José, patrón de los padres de acogida y de los trabajadores, a Santa Teresita de Liseux, patrona de las misiones, a Santa Mónica, patrona de las mujeres casadas, a la Virgen Santísima en su advocación de desatadora de nudos, etcétera, etcétera, etcétera…

La vida de los santos nos recuerda que vivir de cara a Dios es posible, que la santidad es posible, que amar a Dios sobre todas las cosas es posible. Mis santos amigos me ayudan a tener una actitud de oración siempre activa; me ayudan a saber que puedo -y debo- rezar siempre y por todo: por lo que cocino, por la ropa que me pongo, por mi travesía hacia la oficina, por el trabajo, por el descanso…en fin: por todo. Y siguiendo la lección de San Padre Pío, otro de mis santos amigos: ‘reza, espera y no te preocupes’.

Rezar por todo me tranquiliza, me ayuda a recordar que puedo poner todo en manos de Dios, y que Su voluntad perfecta llega a mi vida para llevarme a la santidad, a una santidad que se conquista día a día, minuto a minuto, con sacrificio y trabajo, y con la ayuda de mis grandes amigos, lo santos…mis amigos del cielo.

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