Como a ti mismo…

Hace algunos días llevamos a nuestra hija a su cita del primer mes. El pediatra, tras preguntarnos cómo había estado Loreto y de hacerle las revisiones de rutina, me preguntó cómo me sentía yo. No es la primera vez que nuestro pediatra me pregunta acerca de mi estado de ánimo durante las citas de nuestras hijas, pero siempre me llama la atención cuando lo hace. Le conté que estaba, como es normal, cansada y con algunos cambios de humor dado al ajuste hormonal, pero por lo demás todo bien. Me recetó algunas vitaminas para complementar mi alimentación y me dio permiso para comer todo el helado que quisiera. ¡Gracias doctor! Él sabe que si mamá está bien, todos en casa están bien.

Esta anécdota me hizo pensar en algo a lo que le he estado dando vueltas desde hace tiempo: dice la palabra que debo amar al prójimo como a mi misma…. ¡Como a mi misma! O sea, que para amar ‘bien’ a los demás me debo amar bien a mi primero. ¿No?

Para amarme, debo referirme a aquello que dice Pablo en la epístola a los Corintios: “el amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”.

Si me dejo llevar por esta guía de Pablo de lo que es el amor, yo definitivamente no me amo…. y por eso no logro amar a los demás.

Debo confesar que como madre, esposa y profesional muchas veces caigo en la trampa de descuidar por completo mis necesidades y deseos por poner a mi familia y a mi trabajo primero. Sí me gusta atender a los míos y dar el todo en mi trabajo, pero eso no puede ser excusa para descuidar mi bienestar físico y emocional porque, al hacerlo, no estoy demostrándome el amor que debo sentir hacia mi misma y que me impulsa a amar al prójimo. Hay que buscar balance…y no debemos sentirnos culpables al hacerlo.

Creo que esta es una de las reconciliaciones más difíciles que tenemos como mujeres católicas: sentirnos bien con esta vida balanceada, con este servicio propio que debemos hacernos para poder servir a los demás. Es saber decir no de vez en cuando para mantener el balance, pero sin que la culpa nos coma al hacerlo.

La Palabra nos dice que “quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”. Pero ese último, ese servidor, debe estar lleno de amor, de tolerancia, de humildad, de gozo, de bondad, de esperanza… y de todas las cosas que nos ayuden a hacer al prójimo más feliz.

Por eso trabajaré mas en mi, en mi capacidad de amarme, soportarme y perdonarme, para poder así amar al prójimo como Cristo quiere que lo haga: como a mi misma.

 

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