¿Qué hacer?

Recientemente vi en mi newsfeed de Facebook un post del ministerio Ascension Press con un vídeo en donde el Padre Mike Schmitz explica cómo saber lo que Dios quiere en nuestras vidas. Cuando vi el post lo abrí lo más rápido que pude, pues me intriga saber la respuesta a esa pregunta: ¿qué quiere Dios de mi? ¿A dónde quiere que vaya? ¿Cómo quiere que actúe?

Pues bien, en dicho vídeo el Padre hace alusión a la salida del pueblo hebreo de Egipto, en donde Dios manifiesta su Gloria a través de una nube (Shekina) que sirve de guía y brújula en el camino por el desierto. De esta forma Moisés y su pueblo sabían claramente por dónde ir, qué hacer, cuándo detenerse y cuándo proseguir….tan solo obedeciendo los movimientos de la nube.

Y ahí está el secreto: la obediencia. Dice el Padre Mike en su charla que se imagina cuántas veces la nube estuvo detenida, quizás durante días, años, ¡décadas! ¿Quién sabe? Y mientras la nube permanecía inmóvil la desesperación y confusión del pueblo aumentaba. Pero solo les quedaba obedecer, esperar, confiar. Y eso es precisamente lo mismo que nos pide Dios hoy a todos nosotros: obedecer, esperar y confiar. Esa es la respuesta a la pregunta que nos hacemos constantemente y que me hizo ver el vídeo del Padre Mike.

¿Pero obedecer qué, a quién, cómo? Muy sencillo: obedecer los mandamientos, lo que nos pide la Iglesia, obedecer al hermano, a la esposa y al esposo….obedecer en congruencia con los mandamientos. Y esperar que Dios vaya manifestando Su Voluntad en nuestras vidas porque estamos en sintonía con Él y los hechos se irán revelando en la medida que obedezcamos.

Esto quiere decir que si vivo una vida de fe, una vida sacramental, si vivo de acuerdo a las bienaventuranzas Dios se manifestará en mi vida y contestará mi pregunta, me dirá qué quiere de mi. ¿Así de sencillo? Si, así de sencillo.

Puedo dar testimonio de esto: cuando vivo ‘pegada’ a Cristo, ‘pegada’ a los sacramentos, a la oración y siendo misericordiosa, Dios se manifiesta grandemente en mi vida. Me da señales que veo claramente, me envía ‘ángeles’ con mensajes que contestan mis preguntas y me dice firmemente qué debo hacer a través de la Palabra. El problema está en que no siempre estoy en esa sintonía; hago como la mosca que se deja atraer por la luz falsa y me desvío de la luz verdadera que es Jesús y es ahí cuando llega la desesperanza y la incertidumbre y vuelvo a preguntar con un grito desesperado ‘¿qué quieres de mi Señor?’….A lo que Él contesta: que me obedezcas.

Y pensándolo bien, siempre les digo a mis hijas que a través de la obedeciendo se demuestra el amor. Debo aplicarme la lección y ser más obediente con Dios, con Su Iglesia y con el prójimo. Dejar a un lado la soberbia y simplemente obedecer. Y si la nube no se mueve, esperar y confiar, porque el que obedece no se equivoca.

Haciendo espacio

Hace algunos días vino a casa una amiga a ayudarme a organizar mi closet. Gran parte del proceso fue sacar un gran número de piezas de ropa que ya no uso -o que ya no debo usar-, que están obsoletas o que no van con mi figura o estilo. Había tanta ropa que nunca debí de haber comprado, tantas cosas a las que estaba atada emocionalmente pero solo ocupaban valioso espacio en mi armario, y cosas que ya estaban tan gastadas, rotas o manchadas que simplemente no pude ni siquiera donar.

Me sorprende que haya necesitado ayuda para hacer algo que pude haber hecho yo sola, pero necesitaba ese empujón, necesitaba que alguien me mirara a la cara y me dijera “¿en serio, te vas a poner ESTO?”. Y es que a veces necesitamos que alguien nos enfrente con nuestros apegos, con nuestra incapacidad de soltar, con esas comodidad de ‘algún día lo usaré, algún día me servirá’.

Esto me hace pensar en la limpieza de closet que debemos hacerle a nuestra alma, a nuestra vida espiritual. A veces guardamos ‘ropa vieja’ en nuestros corazones que nos impide hacer espacio para algo mejor, para las nuevas bendiciones que nos quiere regalar el Señor. Guardamos frustraciones de lo que no somos, en lugar de sacarlas y dejar entrar la persona que queremos ser. Almacenamos ideas de lo que piensan los demás acerca de nosotros, en vez de vivir nuestra realidad y buscar agradar a solo a Dios y no a los hombres (como anuncia Pablo en Gálatas 1:10). Llenamos nuestros corazones con desechos de amores viejos, de sentimientos tóxicos, de apegos innecesarios, de errores y pecados ya perdonados, de amistades que no van con lo que queremos ser, que no dan paz a nuestra alma.

A la vez pedimos que Dios llene nuestros corazones de bondad y amor. Pero simplemente no hay espacio para eso. Hay que hacer limpieza profunda para recibir los dones del espíritu.

En mi caso, como me pasó con el closet, sé que no puedo hacer esto sola, que necesito ayuda para vaciar mi corazón de sentimientos innecesarios. Esa ayuda está en la oración y en los sacramentos, cierto es, pero también está en las amistades sinceras, en aquellos que son verdaderos hermanos en la fe, en los guías espirituales y en todas las personas de buena voluntad que tienen una palabra para regalarnos.

Trabajaré en la limpieza de mi corazón, tratando de sacar lo que ya ‘no me queda’, lo que no va con mi ‘estilo espiritual’, lo que me hace ver fea el alma, lo que llena de callos mi corazón, y haré espacio para aquellas cosas que tenga a bien regalarme el Señor. Su tarjeta de crédito no tiene límites y me hará todos los regalos que Él quiera darme, pero para ello tengo que hacer espacio….

 

 

 

 

 

Como a ti mismo…

Hace algunos días llevamos a nuestra hija a su cita del primer mes. El pediatra, tras preguntarnos cómo había estado Loreto y de hacerle las revisiones de rutina, me preguntó cómo me sentía yo. No es la primera vez que nuestro pediatra me pregunta acerca de mi estado de ánimo durante las citas de nuestras hijas, pero siempre me llama la atención cuando lo hace. Le conté que estaba, como es normal, cansada y con algunos cambios de humor dado al ajuste hormonal, pero por lo demás todo bien. Me recetó algunas vitaminas para complementar mi alimentación y me dio permiso para comer todo el helado que quisiera. ¡Gracias doctor! Él sabe que si mamá está bien, todos en casa están bien.

Esta anécdota me hizo pensar en algo a lo que le he estado dando vueltas desde hace tiempo: dice la palabra que debo amar al prójimo como a mi misma…. ¡Como a mi misma! O sea, que para amar ‘bien’ a los demás me debo amar bien a mi primero. ¿No?

Para amarme, debo referirme a aquello que dice Pablo en la epístola a los Corintios: “el amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”.

Si me dejo llevar por esta guía de Pablo de lo que es el amor, yo definitivamente no me amo…. y por eso no logro amar a los demás.

Debo confesar que como madre, esposa y profesional muchas veces caigo en la trampa de descuidar por completo mis necesidades y deseos por poner a mi familia y a mi trabajo primero. Sí me gusta atender a los míos y dar el todo en mi trabajo, pero eso no puede ser excusa para descuidar mi bienestar físico y emocional porque, al hacerlo, no estoy demostrándome el amor que debo sentir hacia mi misma y que me impulsa a amar al prójimo. Hay que buscar balance…y no debemos sentirnos culpables al hacerlo.

Creo que esta es una de las reconciliaciones más difíciles que tenemos como mujeres católicas: sentirnos bien con esta vida balanceada, con este servicio propio que debemos hacernos para poder servir a los demás. Es saber decir no de vez en cuando para mantener el balance, pero sin que la culpa nos coma al hacerlo.

La Palabra nos dice que “quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”. Pero ese último, ese servidor, debe estar lleno de amor, de tolerancia, de humildad, de gozo, de bondad, de esperanza… y de todas las cosas que nos ayuden a hacer al prójimo más feliz.

Por eso trabajaré mas en mi, en mi capacidad de amarme, soportarme y perdonarme, para poder así amar al prójimo como Cristo quiere que lo haga: como a mi misma.

 

Tu guardian no duerme

Hace unos días una amiga escribió en Facebook un estatus en el que manifestaba su frustración por una oración no contestada, porque algo que deseaba con todo el corazón no se dio. Muchas personas, incluyéndome, le expresamos nuestra solidaridad y le recordamos que la voluntad de Dios es perfecta, que muy posiblemente Él le tiene preparado algo mejor.

Esto me hizo pensar en las veces que mis oraciones han recibido una respuesta negativa por parte del Señor. Han sido unas cuantas y, obvio, siempre he cuestionado por qué Dios no me concedió lo que le pedía si lo había hecho con fe y siguiendo su Palabra que dice que ‘todo lo que le pidamos en Su nombre se nos dará para que el Padre sea glorificado a través del Hijo ((Juan 14:13)’. Seamos sinceros, ¿quién no cuestiona a Dios de vez en cuando?

Pues bien, hace un mes, aproximadamente, Dios me respondió nuevamente NO a algo que le pedí. Es algo que vengo pidiendo desde hace cuatro años y que nunca me ha concedido. Pero esta vez fue diferente porque no cuestioné Su voluntad, simplemente traté de aceptarla con abnegación y humildad. Me dije el trillado “no me convenía” que solemos decirnos cuando algo no se da. Pero en esta ocasión me fui más allá y traté de analizar por qué no me convenía y cómo estaba obrando Dios a través de Su negación.

En ese proceso hablé con una persona que me ayudó a entender lo siguiente: Dios, contrario a nosotros, conoce nuestro pasado, presente y futuro, ¡nos conoce mucho mejor que nosotros mismos!, y sabe qué nos hace caer. Cuando Dios no permite que algo pase es porque te está protegiendo de tu pecado, te está protegiendo de caer en eso que te hará alejarte de Él y de sus caminos. Porque, como dice el Salmo 120: “no permitirá que resbale tu pie, tu guardián no duerme; no duerme ni reposa el guardián de Israel”.

El Señor sabía que, si me concedía lo que le había estado pidiendo desde hace años, yo me vanagloriaría por ‘MI gran logro’; mi ego se hubiese inflado y me hubiese creído la ‘mamá de Tarzán’, ‘la última Coca Cola del desierto’. Y el Señor no quiere eso, porque Él, muy al contrario, nos pide “aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas”, y ¿quién no quiere descanso para su alma?

La voluntad de Dios es perfecta, nunca lo olvidemos: ni en la alegría ni en la tristeza. Cuando le entregamos nuestras vidas y nuestras acciones, Él hace maravillas.