Amar es un privilegio de Dios

Aquellos de ustedes que vienen siguiendo este blog desde hace meses, saben que estoy a punto de dar a luz a mi tercera hija. Hace un par de días le comentaba a mi esposo cómo la ‘Dulce Espera’ de esta niña ha sido diferente a las otras dos, cómo Dios ha permitido que vea las cosas de otra forma y que tenga experiencias de fe mucho más intensas, preparándome para la gran manifestación de amor que es la maternidad.

Es maravilloso ver cómo a través de la maternidad Dios nos concede participar de la creación; es una responsabilidad enorme y por ello hay que estar unidos a la fuente del amor, que es Dios.

Hace muchos años, en la parroquia a la que asistía en mi país, hubo una convivencia anual cuyo lema era: Si Dios es amor, amar es un privilegio de Dios. Nunca olvidé esa frase, siempre la he mantenido cerca de mi corazón, sobretodo desde que me di cuenta que no se amar, que me cuesta entender el misterio del amor.

Pero Dios, en su infinita bondad, me ha regalado durante estos últimos meses muchas palabras y experiencias que me ayudan a entender mejor qué es eso del amor. Primero, me regala a través de la Iglesia el Jubileo de la Misericordia, que es la manifestación más clara del amor a través de la donación y el servicio al prójimo. Luego, me regala ocasiones de servicio, las cuales he tratado de aprovechar con la intención de ‘salir de mi comodidad’, de mi tibieza espiritual, de mi dureza de corazón. También me ha regalado una comunidad de hermanos que me enseñan, a través de sus imperfecciones, que Dios nos ama como somos, y que yo debo hacer lo mismo. Y por último me regala Palabras de Vida Eterna, a través de la liturgia y las homilías que he escuchado en estos últimos meses.

Hace muy poco escuché una homilía hermosa, la cual siento que Dios me regaló con muchísima ternura y cariño. Es del evangelio de  Juan, ese que dice: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado”. ¡Wow! Qué consuelo… Que maravilla saber que Dios no me juzga, aunque yo lo haga todo el tiempo (conmigo y con el prójimo), que Dios ha perdonado todos mis pecados POR AMOR. Que Dios me ama a mi, una pecadora. Y, porque es amor, me da el privilegio de amar, privilegio que muchas veces me tomo a la ligera.

En la homilía de dicho evangelio, Dios por fin me reveló, a través del sacerdote, que entender al ser humano es lo que hace que brote el amor; que entender al otro es amarlo. Que un cristiano no abandona a otro cristiano, porque el abandono es lo que mata el amor. Entonces Dios, que es amor, nos regala el privilegio de amar en la medida en la que entendamos al otro.

Que nuestra tarea sea ver más allá de las apariencias, preocuparnos sinceramente por el prójimo, por sus situaciones, por su historia, por su realidad. Solo de esa forma brotará el amor y participaremos del privilegio divino del amor.

 

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