Ver para creer

Recientemente leí un artículo sobre milagros eucarísticos en la página católica ChurchPop.com. Los milagros eucarísticos son aquellos en el que una hostia consagrada ( o sea, el cuerpo de Cristo) hace alguna manifestación extraordinaria como sangrar o reflejar imágenes, etc. Ya conocía sobre algunos de los milagros que reseñaron en el artículo, pero otros eran nuevos para mi, como uno en India que ocurrió tan reciente como en 2001. Me imagino que cada uno de estos milagros eucarísticos lograron que cientos, o quizás miles de personas se convirtieran, o al menos creyeran que el Santísimo Sacramento es real, que es el cuerpo y la sangre de Cristo el que se nos ofrece en cada eucaristía.

Pues bien, esto me lleva al evangelio que precisamente se lee el segundo domingo de Pascua, en el que Tomás manifiesta “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo” (Juan 20,19-31).

Y no juzgo a Tomás, porque muchos de nosotros somos iguales. Creer es difícil: es un don de Dios. Aunque tengo que confesar que yo sí he visto y eso me ha hecho creer.

He ‘visto’ como la eucaristía frecuente ha cambiado mi vida, cómo ‘comerme y beberme a Jesús’ en cada misa me ha acercado más a Él y ha ido cambiando mi corazón. También he ‘visto’ como la adoración eucarística me llena de paz y cómo se estremece mi alma cada vez que me acerco al Santísimo Sacramento. He ‘visto’ como mis hombros se relajan cada vez que acudo al sacramento de la reconciliación, tal y como si Cristo mismo me diera el mejor masaje de misericordia. He ‘visto’ como mis momentos de oración se han convertido en los más importantes del día, cómo la palabra me habla y cómo vivo con más esperanza desde que estoy más cerca de Cristo, desde que ‘metí el dedo en el agujero de los clavos y la mano en su costado’.

Por eso no critico a Tomás, porque a Cristo hay que tocarlo, hay que tenerlo cerca, hay que ‘meterse’ en Él, porque así alimentamos nuestra fe, fortalecemos nuestras almas y nos llenamos de su misericordia.

Pero a Cristo no solo hay que tocarlo, escucharlo, verlo, saborearlo y olerlo en los sacramentos, sino en los hermanos, en el prójimo, en el servicio y la donación de nuestros talentos.

En fin, debemos escuchar ese ‘ven y verás’ que le dijo Felipe a Natanael cuando encontró al Mesías. Hay que ir a Cristo y ver cómo cambia nuestras vidas.

Mi llamado, caóticos, es que dejemos de ser católicos ‘light’, que nos acerquemos más a los sacramentos, que ‘metamos los dedos en las llagas’. Si todos los católicos tomásemos nuestra religión en serio el mundo sería muy distinto, pero esta tibieza nos mata.

Y concluyo con las palabras que el mismo Jesús le dijo a Sor Faustina cuando le pidió que se estableciera la devoción de la Divina Misericordia: “Tráeme a las almas tibias y sumérgelas en el abismo de mi misericordia. Estas almas son las que más dolorosamente hieren mi Corazón. A causa de las almas tibias, mi alma experimentó la más intensa repugnancia en el Huerto de los Olivos. A causa de ellas dije: Padre, aleja de mí este cáliz, si es tu voluntad. Para ellas, la última tabla de salvación consiste en recurrir a mi misericordia.”

 

 

 

 

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