‘Bully’ espiritual

Me confieso como una total y completa bully espiritual. Soy de las que me molesto con la gente cuando no confía plenamente en Dios, cuando duda, cuando no quiere dar un paso adelante por miedo a que le faltará esto o aquello. “Confía en Dios”, digo con cierta fuerza en mi voz, “confía en su Providencia, en que todo estará bien….”, añado a menudo. “No tengan miedo, dice 366 veces en la Biblia”, prosigo….

Sé que esto es algo que tengo que corregir, pues estamos llamados al amor, no a la agresividad en la fe. Además con mi actitud de bully espiritual queda de manifiesto mi soberbia; ese gusanillo dentro de mi que implícitamente dice “yo si tengo fe, no como tu, pffff…”. Mal, mal, mal.

Pero, ¿de veras tengo la fe que tanto promuevo? ¿De veras CONFÍO en Dios, espero en Él a ojos cerrados? Me he dado cuenta que, como todo ser humano flaqueo, flaqueo mucho en mi fe.

Mi debilidad y mis dudas se han puesto de manifiesto especialmente durante la espera por la labor y el parto de mi tercera hija. Los días pasan y yo sigo esperando….y a veces desesperando. Trato de distraerme y no llenarme de angustia y ansiedad, de confiar que Dios está en control y todo se dará en su tiempo, pero la batalla es dura. Rezo, leo, veo tele, trato de pensar en otra cosa, pero el demonio me ataca llenándome de incertidumbre. Y mi bully espiritual encuentra su víctima favorita: yo misma.

Me doy cuenta que no me gusta que me exija que confíe, no me gusta que me hable con tanto dureza, que me oblique a estar bien. Mi bully también es dura conmigo y me recrimina las veces que le he dicho a otras madres, con cierta rudeza, “sigue esperando que Dios está en control” o “agradece que tienes a tu bebé en la panza y no lo diste a luz de forma prematura”. Con dureza, sin la dulzura a la que estamos llamados los cristianos.

Y esto me lleva a recurrir a la Pasión de Cristo, que es como el parto mismo. Jesús en el Getsemaní luchó con sus pensamientos, pidiendo que pasara el cáliz, pero al final aceptando la voluntad del Padre.  Y es exactamente eso mismo lo que debo hacer: irme al huerto de los olivos y reconocer mi debilidad, pidiéndole al Señor que ma ayude a aceptar Su voluntad, que en mi caso es Su tiempo, que es perfecto.

Como en la Pasión, el proceso de labor y parto termina en la felicidad de la vida, y en ello debo enfocarme. Son ‘tres días’ de dolor, ansiedad y dudas, versus la resurrección victoriosa, la promesa de una nueva vida, de la tumba vacía.

A seguir la Dulce Espera con María, en oración y confianza.

 

 

 

Primero Dios

Recientemente leyendo el ‘newsfeed’ de una de mis redes sociales, me topé con un estatus de un viejo amigo en el que anunciaba que ha decidido poner a Dios de prioridad en su vida. Ciertamente me alegré muchísimo por él y me dispuse a dejarle un mensaje de felicitación y ánimo. Leyendo los comentarios que ya otros de sus allegados le habían dejado, me percaté que uno de ellos leía: “primero tú, porque Dios está en ti”. De inmediato cerré los ojos y moví la cabeza de lado a lado en negación, pues siento que esta es la actitud equivocada, la que tiene al mundo sumido en el egoísmo. Así, precisamente, es como peor nos engaña el demonio.

Inmediatamente, y en lugar de dejarle un mensaje de felicitación y ánimo, recurrí a la Palabra y le dejé a mi amigo un ‘copy/paste’ de Deuteronomio 6: 4-5, que dice: “Escucha, Israel: Yahveh nuestro Dios es el único Yahveh. Amarás a Yahveh tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza”.

Simplemente quería recalcarle que está bien en su decisión de poner a Dios ante todas las cosas. Es el primer mandamiento, es lo que nos pide Dios y lo que nos pidió Jesús cuando dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mateo 16, 24).

Pero el mundo no quiere eso. Estamos sumidos en la cultura del YO: cuidarme yo, ponerme de primero, complacerme, consentirme, hacer las reglas a mi manera, y adaptar todo lo que tenga que adaptar a mi conveniencia, incluida la vida de fe. Por eso la gente habla de confesarse directamente con Dios en lugar de recurrir al sacramento de la reconciliación con un sacerdote, o de no ir a misa porque Dios ‘está en todas partes’, y por eso se toman la libertad de rechazar el Santísimo Sacramento del altar, el cuerpo y la sangre de Cristo.

Y no juzgo a nadie; lamentablemente el mundo y el demonio tiene a la humanidad confundida. Por eso, nosotros, a quienes nos ha sido revelada la Verdad por pura y gratuita misericordia de Dios, tenemos que salir al rescate de los hermanos confundidos, de los no creyentes, de aquellos que prefieren la cultura del YO y no ponen a Dios primero.

Es nuestro deber ‘ir y anunciar’ esta Buena Nueva, explicar con amor y caridad cómo vivir poniendo primero a Dios. Es nuestro deber de bautizados, de creyentes. Es misericordia en acción.

¿Cuántos se apuntan a la tarea?

 

 

 

De supersticiones y otras cosas

Creo que los que tenemos edad para recordarlo podemos hacer memoria de las cartas y mensajes en cadena que se enviaban por email a finales de los ’90 y durante el inicio de la década del 2000. Se enviaban y recibían mensajes en donde el emisor le pedía al receptor que le hiciera ‘forward’ al email y que en cambio recibiría X o Y cosa: dinero, milagros, buenas noticias, etc. Igualmente sería castigado de no hacerlo.

Pues bien, esta práctica se trasladó a Facebook y otras redes sociales. Lo que muchos católicos que comparten este tipo de contenido no saben es que esto es incompatible con el Catecismo de la Iglesia Católica. Y no solo esto, sino muchas prácticas y supersticiones que a menudo demostramos, queriéndolo o no.

Uno de los propósitos de este blog es compartir las maravillas que he aprendido acerca de nuestra fe y de nuestra Iglesia. Por ello, con toda humildad, me dispongo en este post a indicarles algunas de las cosas con las que ofendemos a Dios, quitándole a Él nuestra total y plena confianza y poniéndola en acciones -como enviar un email o darle ‘share’ a una imagen o mensaje en cadena-, o hasta sentirnos ‘desnudos’ si no llevamos con nosotros cierto objeto de devoción, como un rosario o un escapulario.

La superstición, según la define la Real Academia Española, es una ‘creencia extraña a la fe religiosa y contraria a la razón’ o una ‘fe desmedida o valoración excesiva respecto de algo’. O sea, que por definición la superstición es contraria a la fe.

Y, ¿qué dice la Iglesia al respecto? Pues dice lo siguiente: La superstición es la desviación del sentimiento religioso y de las prácticas que impone. Puede afectar también al culto que damos al verdadero Dios, por ejemplo, cuando se atribuye una importancia, de algún modo, mágica a ciertas prácticas, por otra parte, legítimas o necesarias. Atribuir su eficacia a la sola materialidad de las oraciones o de los signos sacramentales, prescindiendo de las disposiciones interiores que exigen, es caer en la superstición (cf Mt 23, 16-22), anuncia el catecismo de la Iglesia Católica. O sea, cada vez que le atribuimos el ‘milagro’ al hecho de que compartimos X o Y oración con tantas o cuantas personas, o a que ese día llevábamos puesta nuestra medalla de la virgen tal o cual, estamos restándole importancia a lo que realmente mueve montañas, que es la FE en Cristo Jesús.

Y es que recurrimos a este tipo de prácticas y ‘muletas’ por nuestra inmadurez en la fe, porque no sabemos o somos capaces de creerle plenamente a Dios, de entregarle nuestra confianza, nuestros anhelos, nuestra voluntad a Él. Vivimos chantajeándolo con mensajes de Facebook o con ‘negociaciones’ en lugar de oraciones: ‘Dios, si me concedes esto prometo tal y cual cosa’, solemos decir. Con Dios no se ‘negocia’, pero pedimos pruebas todo el tiempo y no hacemos como María que simplemente dijo ‘hágase’ en total y completa fe. Y no es que las promesas estén mal, lo que está mal es condicionar la voluntad de Dios. Dios lo que quiere es nuestra voluntad, nuestro arrepentimiento y nuestra conversión.

Él, que es todo misericordia, nos perdona estas infidelidades, esta falta de fe y de confianza, pero es nuestro deber esforzarnos por creer ciegamente, entregarle nuestra voluntad, cerrar los ojos y dejar que Él guíe nuestras vidas. Y esto se logra con oración, estudiando la Palabra y dejando que ésta nos hable.

Mantengamos nuestra mirada en el resucitado y pidámosle al Espíritu Santo que nos permita creer firmemente en Él, buscar más de Él, entenderlo mejor a Él y a su Santa Iglesia, para crecer en el puro y verdadero amor, el único amor, el que compartimos en Cristo Jesús.

Y si no comparten este post, no les pasará nada, no se preocupen.

¡Ofrécelo!

Creo que a todos nos han dicho, alguna vez en nuestras vidas, eso de “¡ofrécelo!” cuando nos accidentamos, nos quejamos por algo, o tenemos que pasar por una situación realmente amarga. ¿No? Yo recuerdo a alguna que otra viejita en mi país decírmelo alguna vez.

Recientemente escuché una charla acerca de la ofrenda de los sacrificios como reparación de nuestros pecados y los del prójimo, y tengo que confesar que nunca me había detenido a pensar en el servicio que se da ofreciendo los sufrimientos. La conferenciante sugirió la oración de ofrenda matutina al Sagrado Corazón de Jesús la cual podemos hacer a diario para entregar las acciones y sufrimientos del día. ¿La conocen? Aquí les va:

“OH JESÚS, a través del Inmaculado Corazón de María, Te ofrezco mis oraciones, obras, júbilos y sufrimientos de este día para todas las intenciones de tu Sagradó Corazón, en unión con el Santo Sacrificio de la Misa por todo el mundo, para la salvación de almas, la reparación de mis pecados y del mundo entero, la reunificación de todos los Cristianos, las intenciones del Santo Padre para este mes y para mis intenciones especiales (mencione sus intenciones). Amén”

Además, estas semanas he estado leyéndome el libro A Catholic Mother’s Companion to Pregnancy, y la autora recomienda ofrecer los dolores y la labor de parto por algo o alguien, ya que de esta manera, y con dicho compromiso de oración ‘nos salimos de nosotras mismas’ durante un proceso tan arduo como la labor y el parto y entregamos ese sufrimiento por el prójimo. Me pareció una excelente sugerencia.

Meditando sobre este asunto y ante el inminente cambio de vida que se avecina, he pensado en todas las ocasiones que tengo y tendré para ‘ofrecer’, convirtiéndolas en oración durante la espera, el parto y el post parto: desde la espera porque inicie la labor -con todo lo incómodo que me resulta cada vez que me preguntan “¿cuándo vas a parir?” o “¿no piensa salir esa bebé?”-, el proceso de la labor, el parto y luego las largas horas en que estaré confinada a una mecedora amamantando a mi hija. Puedo ofrecer las noches sin dormir, las ojeras, y ocasiones en que no pueda hacer lo que me gustaría porque tengo que estar ahí para mis tres hijas y mi esposo. Puedo ofrecer las camisas llenas de vómito de bebé, los doce mil cambios de pañal diario que se dan las primeras semanas, las preguntas incómodas cómo “¿se porta bien la bebé?”, o la gente diciéndome que la bebé no está comiendo suficiente si le doy solo pecho.

¡Tantos malestares y sufrimientos que se pueden convertir en oración!

Y me acuerdo de las palabras de Santa Teresita, quien a menudo hablaba de ofrecer cosas pequeñas e insignificantes, especialmente por las almas del purgatorio porque “el Señor todo lo recibe”.  Sí, el Señor todo lo recibe. También nuestros pequeños sufrimientos, en ofrenda hacia el prójimo.

Hagamos inventario de las cosas que podemos entregarle y en lugar de quejarnos, ofrezcamos los sufrimientos, grandes y pequeños, por las intenciones de los demás, así como por las nuestras.

Creo que al Señor le agradaría eso…

Amar es un privilegio de Dios

Aquellos de ustedes que vienen siguiendo este blog desde hace meses, saben que estoy a punto de dar a luz a mi tercera hija. Hace un par de días le comentaba a mi esposo cómo la ‘Dulce Espera’ de esta niña ha sido diferente a las otras dos, cómo Dios ha permitido que vea las cosas de otra forma y que tenga experiencias de fe mucho más intensas, preparándome para la gran manifestación de amor que es la maternidad.

Es maravilloso ver cómo a través de la maternidad Dios nos concede participar de la creación; es una responsabilidad enorme y por ello hay que estar unidos a la fuente del amor, que es Dios.

Hace muchos años, en la parroquia a la que asistía en mi país, hubo una convivencia anual cuyo lema era: Si Dios es amor, amar es un privilegio de Dios. Nunca olvidé esa frase, siempre la he mantenido cerca de mi corazón, sobretodo desde que me di cuenta que no se amar, que me cuesta entender el misterio del amor.

Pero Dios, en su infinita bondad, me ha regalado durante estos últimos meses muchas palabras y experiencias que me ayudan a entender mejor qué es eso del amor. Primero, me regala a través de la Iglesia el Jubileo de la Misericordia, que es la manifestación más clara del amor a través de la donación y el servicio al prójimo. Luego, me regala ocasiones de servicio, las cuales he tratado de aprovechar con la intención de ‘salir de mi comodidad’, de mi tibieza espiritual, de mi dureza de corazón. También me ha regalado una comunidad de hermanos que me enseñan, a través de sus imperfecciones, que Dios nos ama como somos, y que yo debo hacer lo mismo. Y por último me regala Palabras de Vida Eterna, a través de la liturgia y las homilías que he escuchado en estos últimos meses.

Hace muy poco escuché una homilía hermosa, la cual siento que Dios me regaló con muchísima ternura y cariño. Es del evangelio de  Juan, ese que dice: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado”. ¡Wow! Qué consuelo… Que maravilla saber que Dios no me juzga, aunque yo lo haga todo el tiempo (conmigo y con el prójimo), que Dios ha perdonado todos mis pecados POR AMOR. Que Dios me ama a mi, una pecadora. Y, porque es amor, me da el privilegio de amar, privilegio que muchas veces me tomo a la ligera.

En la homilía de dicho evangelio, Dios por fin me reveló, a través del sacerdote, que entender al ser humano es lo que hace que brote el amor; que entender al otro es amarlo. Que un cristiano no abandona a otro cristiano, porque el abandono es lo que mata el amor. Entonces Dios, que es amor, nos regala el privilegio de amar en la medida en la que entendamos al otro.

Que nuestra tarea sea ver más allá de las apariencias, preocuparnos sinceramente por el prójimo, por sus situaciones, por su historia, por su realidad. Solo de esa forma brotará el amor y participaremos del privilegio divino del amor.

 

Calentar lo tibio

Hay una lectura del Apocalipsis que siempre me ha generado el llamado ‘temor de Dios’, o ese deseo consciente y permanente de agradar a Dios en todo lo que hago y no ofender Su santidad. Es esa que dice “Conozco tu conducta, no eres ni frio ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Ahora bien, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca” (Apocalipsis 3, 15-16)

Fuerte, ¿no? Recuerdo la primera vez que escuché la proclamación de esa palabra y la posterior homilía del sacerdote pidiéndonos enérgicamente que evitásemos la tibieza, que nos tomáramos nuestra condición de bautizados en serio y que viviésemos realmente de cara a Cristo. Siempre tengo presente ese recuerdo, esa directriz.

Pasé muchos años en la tibieza, en esa indiferencia de ser católica a mi manera, sin participar de los sacramentos, de justificar mis comportamientos, de ignorar el primer y segundo mandamiento a mi conveniencia. Pero desde hace algún tiempo para acá el Señor ha ido calentando mi termómetro, invitándome a subir mi temperatura espiritual y a participar más activamente de Su Iglesia y de los tesoros sacramentales que han sido reservados en ella para los bautizados.

Y con esa subida en mi temperatura espiritual siento el deseo de calentar lo tibio y advertir a los cuatro vientos que “lo tibio lo vomitará”. Es a lo que estamos llamados todos los que nos sentimos un poco ‘calientes’ con el amor de Dios, ¿no? Es precisamente lo que nos llama a hacer el Resucitado durante la Pascua: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creaciónEl que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará” (Marcos 16, 15-16)

Pero en este deseo por calentar lo tibio, tengo que procurar que la prioridad siempre sea darle toda la gloria a Dios, que no se conviertan mis acciones en fuente de soberbia, en justificaciones para inflar mi ego. Tengo que recordar que soy la última, la más pequeña, la más indigna de dar este servicio. Que no puedo imponerme, que no puedo convertirme en una ‘bully’ espiritual y obligar a la gente a creer en Dios ‘a las malas’. Por eso recurro a la oración, porque Dios mantiene el control y me ayuda a que yo mantenga el mío, que siempre tiende al caos.

Y de eso se trata este blog, de ir por el (cyber)mundo a anunciar la buena nueva a través de las redes sociales y el internet. Me sorprende con alegría ver cómo hemos recibido visitas de todas partes del mundo. No sé cómo ha llegado el enlace a personas en lugares tan distantes como Marruecos, Jordania, Alemania, Italia, Australia e incluso Rusia, pero lo doy gracias a Dios por ello, porque con eso me confirma que estoy cumpliendo Su palabra de ‘ir por el mundo’ aunque sea a través del internet.

Ojalá pueda poner mi granito de arena para que logremos el ‘Global Warming’ de la Iglesia Católica. Siento que el Santo Padre, inspirado por el Espíritu Santo, ha contribuido inmensamente a prender esa mecha, pero ahora queda en nosotros, los miembros de la Iglesia, avivar más este fuego para que los tibios, los indiferentes, los que más ofenden a Dios con su apatía, se calienten.

Busquemos nuestras mantas de oración, los calefactores de misericordia, las bufandas de eucaristía y los guantes de reconciliación, y no dejemos que nos abandone este calor de Dios.

 

Ver para creer

Recientemente leí un artículo sobre milagros eucarísticos en la página católica ChurchPop.com. Los milagros eucarísticos son aquellos en el que una hostia consagrada ( o sea, el cuerpo de Cristo) hace alguna manifestación extraordinaria como sangrar o reflejar imágenes, etc. Ya conocía sobre algunos de los milagros que reseñaron en el artículo, pero otros eran nuevos para mi, como uno en India que ocurrió tan reciente como en 2001. Me imagino que cada uno de estos milagros eucarísticos lograron que cientos, o quizás miles de personas se convirtieran, o al menos creyeran que el Santísimo Sacramento es real, que es el cuerpo y la sangre de Cristo el que se nos ofrece en cada eucaristía.

Pues bien, esto me lleva al evangelio que precisamente se lee el segundo domingo de Pascua, en el que Tomás manifiesta “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo” (Juan 20,19-31).

Y no juzgo a Tomás, porque muchos de nosotros somos iguales. Creer es difícil: es un don de Dios. Aunque tengo que confesar que yo sí he visto y eso me ha hecho creer.

He ‘visto’ como la eucaristía frecuente ha cambiado mi vida, cómo ‘comerme y beberme a Jesús’ en cada misa me ha acercado más a Él y ha ido cambiando mi corazón. También he ‘visto’ como la adoración eucarística me llena de paz y cómo se estremece mi alma cada vez que me acerco al Santísimo Sacramento. He ‘visto’ como mis hombros se relajan cada vez que acudo al sacramento de la reconciliación, tal y como si Cristo mismo me diera el mejor masaje de misericordia. He ‘visto’ como mis momentos de oración se han convertido en los más importantes del día, cómo la palabra me habla y cómo vivo con más esperanza desde que estoy más cerca de Cristo, desde que ‘metí el dedo en el agujero de los clavos y la mano en su costado’.

Por eso no critico a Tomás, porque a Cristo hay que tocarlo, hay que tenerlo cerca, hay que ‘meterse’ en Él, porque así alimentamos nuestra fe, fortalecemos nuestras almas y nos llenamos de su misericordia.

Pero a Cristo no solo hay que tocarlo, escucharlo, verlo, saborearlo y olerlo en los sacramentos, sino en los hermanos, en el prójimo, en el servicio y la donación de nuestros talentos.

En fin, debemos escuchar ese ‘ven y verás’ que le dijo Felipe a Natanael cuando encontró al Mesías. Hay que ir a Cristo y ver cómo cambia nuestras vidas.

Mi llamado, caóticos, es que dejemos de ser católicos ‘light’, que nos acerquemos más a los sacramentos, que ‘metamos los dedos en las llagas’. Si todos los católicos tomásemos nuestra religión en serio el mundo sería muy distinto, pero esta tibieza nos mata.

Y concluyo con las palabras que el mismo Jesús le dijo a Sor Faustina cuando le pidió que se estableciera la devoción de la Divina Misericordia: “Tráeme a las almas tibias y sumérgelas en el abismo de mi misericordia. Estas almas son las que más dolorosamente hieren mi Corazón. A causa de las almas tibias, mi alma experimentó la más intensa repugnancia en el Huerto de los Olivos. A causa de ellas dije: Padre, aleja de mí este cáliz, si es tu voluntad. Para ellas, la última tabla de salvación consiste en recurrir a mi misericordia.”