Hacer el bien

ayudar_a_los_demas-1024x572He escuchado a muchas personas decir cuán difícil se les ha hecho la cuaresma este año. Algunos se quejan de lo poco que han podido dedicarse a la oración, otros hablan de las ‘malas noticias’ que han recibido y muchos otros dicen que no han podido hacer sus penitencias y limosnas según se lo habían propuesto.

En algún lugar leí una frase que decía “preocúpate cuando el diablo no te moleste más y tu vida devocional sea pobre”. Y es que cuando queremos convertirnos, estar de cara a Cristo y  vivir con intensidad fechas de gracia como lo es la cuaresma, o inclusive este año Santo de la Misericordia, es cuando el diablo más ataca nuestros planes. Pero no podemos dejarnos. Tenemos que intensificar nuestra devoción y vida de fe para que el enemigo sepa que vamos de la mano de Jesús y de María, y por ende no puede con nosotros.

Esta semana la liturgia nos ha recordado la misericordia de Dios con evangelios como el del hijo pródigo, o el enfermo de la piscina de Bethesdá a quien Jesús cura en sábado a pesar de ser un día de descanso. En una de las homilías que escuché esta semana, el sacerdote nos decía que esta misericordia de Dios se paga con bondad, con buenas obras, con el amor al prójimo y con el anuncio del evangelio. No por casualidad, cuando salí de escuchar esta palabra y esa hermosa reflexión del presbítero, me topé en Facebook con un vídeo de un sacerdote de mi país, con una homilía en torno a la parábola del rico epulón y el pobre Lázaro. La misma, relata la historia de dos hombres y el destino de cada uno de ellos: el pobre Lázaro, lleno de llagas y sin socorro, es llevado luego de su muerte al seno de Abraham, en tanto que el rico, que viste de púrpura y lino fino y banquetea cada día, sufre tormentos en el hades (o inframundo griego) luego de ser sepultado.

El sacerdote preguntaba en su homilía por qué el rico epulón fue condenado si “no hizo nada malo”, y contestó diciendo: “porque precisamente tampoco hizo nada bueno”. Y es que no estamos aquí para ‘no hacer nada malo’, si no para hacer el bien, para que nuestras obras de caridad y amor nos alcancen el cielo. No hacer nada malo y pretender que eso es suficiente roza en la soberbia.

El diablo nos engaña precisamente con la soberbia de creernos buenos, de creer que estamos salvos y que estamos haciendo lo ‘necesario’ para ganar el cielo. Por eso es que a muchos se nos hace difícil vivir una cuaresma rica y llena de oración, sacrificio y penitencia, porque el diablo nos dice que ‘no estamos haciendo nada malo’, por ende, somos buenos. Pero sin obras no demostramos nuestra bondad y nuestro amor.

Para ser bueno hay que hacer el bien, y para hacer el bien nos debemos dejar guiar por las bienaventuranzas: ser pobres de espíritu, mansos, misericordiosos, limpios de corazón, ser perseguidos, procurar la paz  y no temerle al sufrimiento. Hay que poner la otra mejilla, y ‘darle la túnica al que me quite la capa’.

Eso nos pide Dios. Eso es “hacer el bien”. ¿Estamos dispuestos a recorrer este último tramo de conversión hasta la Pascua haciendo el bien? Ojalá que si. Que así nos ayude Dios.

 

 

 

 

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