De buenas intenciones….

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De buenas intenciones está empedrado el camino al infierno, dice el refrán popular. Debo confesarles que en las pasadas semanas fui una de esas personas que tuvo ‘buenas intenciones’, pero que no tomó acción a tiempo.

Sucede que en mi vecindario sentó campamento durante algunos días una señora deambulante, aparentemente alcohólica, con muchos bolsos y cachivaches de todo tipo. El primer día que la vi pensé que Dios me la había puesto cerca para que acudiera a su auxilio, o al menos para que pudiera ‘darle de comer al hambriento y de beber al sediento’. La verdad no es común ver deambulantes en esta ciudad y nunca los había visto en mi vecindario.

Pues bien, ese mismo día fui al supermercado y compré una caja de barras de granola, unos jugos y una botella de agua, con la ‘intención’ de dejárselos en el regreso a casa. Una cosa llevó a la otra y no lo hice. Y así pasaron los días, y luego las semanas, y mi bolsita de ‘buenas intenciones’ permanecía intacta en la alacena de la casa.

Hasta que llegó una tarde en la que regresaba precisamente de hacer otras compras en el supermercado y ya no vi a la señora ni sus pertenencias. El área donde se había asentado por dos o tres semanas estaba ahora limpia, ya no había rastro de ella.

Precisamente esa mañana mi esposo y yo leímos el evangelio del día mientras íbamos de camino al trabajo (San Mateo 25,31-46), en el cual Jesús dice: ‘Aléjense de mí, malditos; vayan al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles,
porque tuve hambre, y ustedes no me dieron de comer; tuve sed, y no me dieron de beber;
estaba de paso, y no me alojaron; desnudo, y no me vistieron; enfermo y preso, y no me visitaron’. Ambos nos quedamos unos segundos en silencio después de leerlo, con las caras en blanco, pues el ‘regaño’ evangélico de esa mañana nos llegó al corazón. 

No hay casualidades, y esto pasó para que viera que si no hay acción las buenas intenciones de nada valen, al contrario, querer hacer y no hacer nada es hipocresía, es un consuelo vacío que no me acerca a Dios. No voy a llegar al cielo con la bolsita de comida que compré pero que nunca entregué, con la ropa que nunca doné, con el vaso que se quedó lleno de agua en mi casa porque nunca se lo ofrecí al sediento, con las monedas que no le di al señor que las pedía en la calle…. Tengo que llegar con las manos vacías.

Es hora de ponerse en marcha, tomar acción y realmente ‘hacer’. Es hora de mirar las necesidades del prójimo y tomar responsabilidad y acción porque cuando socorremos al más pequeño de  los hermanos, socorremos a Cristo.

Vamos.

 

 

 

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