Regresar a casa

paintingfrontdoor-brand-jpgEste pasado sábado la Iglesia nos regaló uno de mis evangelios favoritos, el del hijo pródigo (San Lucas 15,1-3.11-32). ¿Cuántos no nos sentimos más que identificados con ese evangelio? ¿Cuántos no hemos salido de casa para luego regresar al abrazo del Padre que nos espera con amor y misericordia?

La reflexión de dicho evangelio se sumó al evangelio del tercer domingo de cuaresma, en el que Jesús comparte la parábola de la higuera que no da frutos y debe ser cortada, pero a la que el Viñador quiere darle otra oportunidad, abonando la tierra que la acoge (San Lucas 13,1-9).

¡Cuán misericordioso es el Padre! ¡Cuánto amor tiene para con nosotros!

Estos mensajes, que llegan a medio camino de la Pascua, dejan en mi un sentido enorme de agradecimiento, pero una responsabilidad aun más grande, pues sé de dónde vengo y a dónde puedo regresar. Así como el hijo pródigo sé lo que es salir de la casa del Padre, gastar todas mis bendiciones en cosas del mundo, enlodarme con los cerdos hasta quedar hambrienta y vacía, con esa tristeza que deja el pecado en nuestras almas. Sé lo que es vivir sin dar frutos, como la higuera, sin que nada me importe, haciendo mi voluntad y buscando mi ‘felicidad’ porque ‘ser feliz es lo más importante’.

Y aun así el Señor no me arranca de raíz, si no me da, una y otra vez, la oportunidad de abonarme, de mover mi tierra y de rendir frutos de amor y servicio. Cada cuaresma el Señor me invita a usar el abono de la oración, la penitencia y la limosna, como armas para transformar mi corazón en el corazón de Jesús y dar así testimonio de Su amor en el mundo.

Pero no crean que estoy haciendo la cuaresma más santa de la historia; han sido tres semanas de altas y bajas porque el demonio no quiere que abone mi tierra, no quiere que de frutos. Me ha costado orar con la frecuencia que quiero, me ha costado hacer penitencia, me ha costado servir a los demás y ofrecer limosna. Ha sido sumamente difícil y esa voz maligna que quiere sacarme la paz insiste en decirme ‘no pasa nada, da igual, no tienes que rezar, duérmete, olvídate….’. Pero cada vez que oigo esa voz molestándome, tratando de sacarme de mi plan de abonar mi tierra reseca, invoco a San Miguel Arcángel, jefe de la milicia celestial, para que se encargue de la lucha y yo pueda continuar mi camino a la casa del Padre.

Le pido a Dios que mantenga instalado en mi este deseo de quedarme en Su casa, sin mirar atrás; este deseo de rendir frutos, de servir, de amar, de vivir para Él y con Él, de la mano de María. Y Lo escucho decir ‘no tengas miedo’, mientras que Ella me pide que ‘haga lo que Él diga’ y encuentro consuelo, pues sé que agarrada de Su misericordia no perderé el norte, no perderé el camino, no regresaré al desierto, sino al contrario, rendiré frutos, con su ayuda y manteniéndome en Su voluntad. Y el fruto más grande que puedo rendir es el de un corazón humilde y arrepentido, un corazón servicial, lleno de mansedumbre y amor; porque como le escuché decir a un presbítero recientemente, la Gloria de Dios es la humildad.

Que el Señor me ayude a mantenerme agarrada de Él y de su Santa Madre por siempre.

 

 

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La belleza de la cruz

il_fullxfull.419982065_no4kDentro de escasas semanas daré a luz a mi tercera hija, si así Dios me lo permite. Ya llegó ese momento en el que los calambres, las incomodidades, el insomnio y la hinchazón se hacen presente casi todas las noches. Es un adelanto de lo que son los primeros meses de vida de un bebé. Dios, que hace todo perfecto, nos va exponiendo a estas realidades para que la transición sea más fácil, ¿no les parece?

Sucede que llegando al tercer trimestre de este embarazo me sucedió algo muy particular que analicé hace pocos días. Hace cerca de dos años porto en mi cuello una medalla de la Virgen de Loreto, que será el nombre que le pondremos a esta tercera bebé que Dios nos regala. Fue un regalo de un sacerdote amigo de la familia, y tiene un significado muy especial para nosotros. Pues hace algunas semanas se me rompió mi adorada medalla. Me dolió mucho, pero lo acepté con humildad y resignación, pues no está bien apegarse a cosas materiales, aunque tengan significado religioso.

Poco después de la ‘pérdida’ traté de encontrar algún otro dije que pudiera portar en mi cadena de ‘diario’ y me acordé de una cruz que me habían regalado hace muchos años. Es un crucifijo hermoso que en cada esquina tiene un símbolo mariano o imagen de la Virgen. Enseguida me la coloqué y la he llevado puesta desde entonces.

Resulta que una mañana de esas en las que me costó salir de la cama porque el insomnio y los malestares me hicieron la noche, me miré al espejo y vi sobre mi pecho la cruz. Fue ahí donde entendí lo que estaba pasando: Dios me regalaba ese símbolo de su pasión para que yo a la vez entrara en el vía crucis de la maternidad.

Llegó el momento de agarrar la cruz y, junto a María, abrazar los sufrimientos, los dolores, las desveladas, los achaques, y el inminente parto y post parto que se avecinan. Es el momento de decir hágase Tu voluntad Señor y esperar la llegada de mi hija, tal y como la envíe Dios.

Y en este proceso de agarrar la cruz, sin quejarme, sin cuestionar, en obediencia y fe, me he  visto acompañada de historias de santas madres y esposas como Santa Gianna Beretta, Santa Zellie Martin, Santa Margarita de Escocia, entre otras. Sus historias, las cuales he leído en el libro  A Book of Saints for Catholic Moms,  me han servido de inspiración, para recordarme que a través del servicio de la maternidad se puede alcanzar la santidad, el premio mayor.

Y así como en esta etapa tengo que agarrar la cruz con alegría, permita Dios que en todas las otras etapas en las que me vea de cara al sufrimiento y a la incertidumbre, pueda contar con ese recordatorio de la belleza de la cruz, que siempre termina en resurrección, si morimos en ella, junto a Él.

 

 

 

De buenas intenciones….

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De buenas intenciones está empedrado el camino al infierno, dice el refrán popular. Debo confesarles que en las pasadas semanas fui una de esas personas que tuvo ‘buenas intenciones’, pero que no tomó acción a tiempo.

Sucede que en mi vecindario sentó campamento durante algunos días una señora deambulante, aparentemente alcohólica, con muchos bolsos y cachivaches de todo tipo. El primer día que la vi pensé que Dios me la había puesto cerca para que acudiera a su auxilio, o al menos para que pudiera ‘darle de comer al hambriento y de beber al sediento’. La verdad no es común ver deambulantes en esta ciudad y nunca los había visto en mi vecindario.

Pues bien, ese mismo día fui al supermercado y compré una caja de barras de granola, unos jugos y una botella de agua, con la ‘intención’ de dejárselos en el regreso a casa. Una cosa llevó a la otra y no lo hice. Y así pasaron los días, y luego las semanas, y mi bolsita de ‘buenas intenciones’ permanecía intacta en la alacena de la casa.

Hasta que llegó una tarde en la que regresaba precisamente de hacer otras compras en el supermercado y ya no vi a la señora ni sus pertenencias. El área donde se había asentado por dos o tres semanas estaba ahora limpia, ya no había rastro de ella.

Precisamente esa mañana mi esposo y yo leímos el evangelio del día mientras íbamos de camino al trabajo (San Mateo 25,31-46), en el cual Jesús dice: ‘Aléjense de mí, malditos; vayan al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles,
porque tuve hambre, y ustedes no me dieron de comer; tuve sed, y no me dieron de beber;
estaba de paso, y no me alojaron; desnudo, y no me vistieron; enfermo y preso, y no me visitaron’. Ambos nos quedamos unos segundos en silencio después de leerlo, con las caras en blanco, pues el ‘regaño’ evangélico de esa mañana nos llegó al corazón. 

No hay casualidades, y esto pasó para que viera que si no hay acción las buenas intenciones de nada valen, al contrario, querer hacer y no hacer nada es hipocresía, es un consuelo vacío que no me acerca a Dios. No voy a llegar al cielo con la bolsita de comida que compré pero que nunca entregué, con la ropa que nunca doné, con el vaso que se quedó lleno de agua en mi casa porque nunca se lo ofrecí al sediento, con las monedas que no le di al señor que las pedía en la calle…. Tengo que llegar con las manos vacías.

Es hora de ponerse en marcha, tomar acción y realmente ‘hacer’. Es hora de mirar las necesidades del prójimo y tomar responsabilidad y acción porque cuando socorremos al más pequeño de  los hermanos, socorremos a Cristo.

Vamos.

 

 

 

Aprendiendo a ‘soltar’

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Desde hace dos semanas he estado esperando una importante respuesta a un proyecto en el que estoy trabajando. He orado mucho para que el Señor responda. Él conoce lo que deseo, pero le he pedido que se haga Su voluntad.

Y sigo esperando… No ha habido ni un no ni un si. Solo silencio, en la tierra y desde el cielo.

Providencialmente en esta espera la Iglesia me regaló el Evangelio del domingo pasado, previo a la Cuaresma, en el que Jesús invita a Simón a llevar su barca mar adentro y lanzar las redes. El mensaje de dicho evangelio (Lucas 5: 1-11) me llegó con toda la claridad que necesitaba, pues siento que el Señor me dice ‘suelta las redes en mi nombre, que yo me encargaré de la pesca’.

¡Cuán difícil me resulta ‘soltar’ mi voluntad, mis inquietudes, mis preocupaciones para dejarlo todo en manos de Dios! Me cuesta mucho, muchísimo….aunque es lo que siempre le recomiendo a la gente que haga, aunque sé que es lo que debo hacer, aunque es a lo que me llama Jesús cuando dice “vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso”…

Pero cuesta, cuesta no levantar el teléfono y darle seguimiento a los temas, cuesta no echarse a llorar cuando algo no sale como uno quisiera, cuesta aceptar cuando los planes de Dios son distintos a los nuestros…cuesta decir gracias a pesar de todo y conformarse con saber que Dios lleva la historia y que todo lo que permite en nuestras vidas es para nuestro bien, si tenemos fe.

Y hay que hacerse violencia, sacrificar nuestra voluntad, dejarla morir en la cruz y ‘soltar las redes’ para que Jesús se encargue de la pesca. Hay que hacerlo, y hacerlo con fe.

Por eso durante esta Cuaresma oraré para que el Señor me ayude a soltar, a decirle “encárgate Tu”, y a esperar con fe y con alegría. Sé que la cercanía a los sacramentos será lo que me de esa fortaleza y esa tranquilidad, para ‘soltar’ mis asuntos y dejarlos en manos de Dios, sin quejarme, sin necesidad de orar con desesperación si no con alegría y fe, para vivir sin el pesado yugo de mi voluntad y mis deseos, mis planes, mis proyecciones. Soltar me dejará vivir el hoy, que es un presente. Soltar me permitirá no vivir en la ansiedad del mañana y confiar en la providencia divina que nunca falla. Soltar liberará mis manos y me permitirá usarlas para servir, en lugar de aguantar en ellas mis planes.

Le pediré al Señor que me permita abrir mis manos y echarme para atrás, regocijándome en la dulce espera de la providencia de Dios, que nunca falla y siempre viene cargada de misericordia. Sujetaré solo el rosario y con cada cuenta le pediré a la Virgen que me ayude a descansar y a decir “he aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra”.

Que así me ayude Dios.

 

 

 

 

Carnaval o ‘abandonar la carne’

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Este fin de semana, como todos los años previo a la Cuaresma, se celebran los famosos carnavales en decenas de ciudades alrededor del mundo. Como soy caribeña, el carnaval es algo muy cercano a mi cultura y es uno de los temas que más fascinación me provoca, principalmente por su lugar en la historia de la evangelización de las Américas. Durante los tiempos de la colonia, los carnavales eran, en muchas islas del Caribe, los únicos días libres que se le concedían a los esclavos y por ello los nuestros son una mezcla de tradiciones africanas e indígenas, abarrotadas de color, baile y música. Interesante, ¿no?

Según su etimología, la palabra carnaval significa ‘abandonar la carne’, y ese es precisamente el proceso que se da durante los días previos al inicio de la cuaresma. Para la mayoría de la gente, estos son días de desenfreno, en donde la fiesta, el alcohol y los placeres de la carne toman protagonismo. Pero, ¿debe ser esta la actitud ‘carnavalesca’ del cristiano? ¿Cómo debe ser este ‘carnaval’ para nosotros, los que tratamos de vivir de cara al evangelio? ¿Cómo debemos ‘abandonar la carne’  previo al miércoles de ceniza y a los 40 días de penitencia que se avecinan?

Para mi, estos días, especialmente este año, se han convertido en días de reflexión, de  pensar cómo aprovechar mejor mi cuaresma para abandonar mi lado carnal y que mi lado espiritual pueda florecer. He estado pensando qué cosas tengo que dejar a un lado, qué cosas tengo que cambiar, cómo puedo abandonar las cosas que no me permiten acercarme a Dios.

En esa reflexión y búsqueda me topé con un artículo que sugería pedirle directamente al Espíritu Santo que nos guíe en el descubrimiento de esas cosas que debemos cambiar. Y eso hace todo el sentido del mundo, ¿no? ¿Quién mejor que el Espíritu Santo para orientarnos y darnos luz de cómo ser mejores cristianos? Y, ¿cómo se logra esto? Pues a través de la oración, de pedirle al Espíritu que nos hable. A pedírselo con fe….y a obedecer. Y para muchos esto ya sea un gran sacrificio: orar y obedecer.

Podemos dejar de comer chocolate, de tomar alcohol o ‘sacrificarnos’ comiendo solo deliciosos pescados y mariscos los viernes de cuaresma, pero dejar que el Espíritu Santo nos hable y obedecerlo nos ayudará a entrar en mayor comunión con Dios. Por eso, al menos por mi lado, dejaré que el Espíritu Santo me diga qué sacrificios hacer para elevar mi espíritu, qué cosas debo cambiar de mi, de qué cosas debo arrepentirme y qué pecados me faltan por confesar. Y sé que me lo dirá, si oro, si leo la Palabra, si rezo el rosario….¡si le dedico tiempo a escucharlo de forma activa y consciente!

Y eso es lo que la Iglesia nos sugiere: arrepentimiento y confesión, luchar por cambiar, sacrificios y oración.

Vivamos este ‘carnaval cristiano’ reflexionando sobre estas cosas; preparemos nuestro corazón para entrar en contacto directo con el Espíritu Santo y digámosle ‘adiós’ a la carne centrándonos en el espíritu que queremos elevar al Padre.

¿Les parece? Además, así la resaca será menos dura….

PS. Aquí les dejo algunos recursos para iniciar o reanimar una vida de oración, tanto en inglés como en español.

El cristiano y la oración, ACI Prensa

Six Steps to a Deeper Prayer Life, Blessed is She  

15 consejos para recobrar la vida de oración cuando decae, Foros de la Virgen

Learning how to pray, Beginning Catholic