Lecciones de humildad

 

image-4503Este pasado domingo la Iglesia celebró la Fiesta de la Sagrada Familia, jornada que me hizo reflexionar en cómo la vida en familia, y sobretodo la maternidad, se han convertido en el instrumento de Dios para darme lecciones de cómo vivir la humildad.

De toda la vida he sido bastante soberbia. Recuerdo las miles de veces que mi madre me decía ‘tienes que ser más humilde’, pero la verdad es que yo no sabía qué era eso, o cómo se lograba eso de la humildad. Dios me ha bendecido a través de mi vida con muchas experiencias hermosas y, gracias a los sacrificios de mis padres, tuve una buena educación que logró despertar mi inteligencia y asegurarme una vida profesional exitosa. Y todo eso en lugar de ser fuente de agradecimiento, se convirtió en abono para mi soberbia y mi altanería, lamentablemente.

Pero Dios, como buen Padre, se ha encargado de darme las lecciones que necesito para ir modificando dicha conducta poco a poco.

Una de las más grandes lecciones fue cuando tuve a mi primera hija. Durante todo el embarazo hice ‘campaña’ del parto natural, de la crianza de apego y de los cuidados maternos rústicos. Miraba por encima del hombro a las madres que ‘tuvieron’ que someterse a una cesárea, pues creía que eran unas cómodas, que no lucharon lo suficiente por someterse al dolor físico de dar a luz a sus hijos de forma natural. Me espantaban las madres que daban fórmula en lugar de alimentar a sus hijos con leche materna y me enfurecían las madres que le daban comidas ‘de tarro’ a sus hijos.

Pues bien, Dios usó todas esas muestras de soberbia y me fue humillando con ellas una por una. Primero, no pude parir de forma natural; me tuve que someter a una cesárea. A los tres o cuatro días de tener a mi hija en la casa y verla llorar desesperadamente, tuve que darle fórmula. Además, no pude entender nunca cómo usar los pañales de tela que había jurado usar con mi hija y tuve que recurrir a los pañales desechables convencionales. Una por una caían mis ‘convicciones’, mis planes de ser una mamá ejemplar y ‘natural’. Dios no permitió que se cumpliera lo que había planificado, porque sabía que si lo lograba todo ello sería el combustible que mi ego necesitaba para engrandecerse y terminar de llenarme de arrogancia.

Hoy, miro para atrás y me doy cuenta de estas cosas y quedo maravillada con lo grande y bueno que es Dios en su rol de padre y maestro. ¡Es perfecto y todo lo hace perfecto! Por eso ahora trato de no ver las cosas que no pasan según mis planes como tragedias, sino como lecciones benditas que me envían del cielo para mi bien, para mi santidad.

Mi soberbia sigue siendo enorme, y trato de aplacarla día tras día, pero se que a través de la oración Dios se encargará de mostrarme el camino a la humildad a la que siempre me invitó mi madre.

Y las siguientes palabras del Santo Padre me sirven de recordatorio:

“Para huir del orgullo solo está el camino de abrir el corazón a la humildad, y a la humildad no se llega sin la humillación. Esta es una cosa que no se entiende naturalmente. Es una gracia que debemos pedir.”

A aceptar con alegría la bendita humillación. Que así sea.

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