Ser alegría

alegriaDesde hace ya algunos años espero el domingo de Gaudete, o tercer domingo de la temporada de Adviento, con especial anticipación. Es el domingo ‘rosado’, el que nos recuerda que el nacimiento de Jesús ya está cerca, el que nos invita a estar alegres por la espera.

Siempre me he considerado una persona positiva y alegre, y a veces pienso que mi optimismo me hace ser una ‘bully de la alegría’, pues no tolero ver a la gente preocupada y triste. Me cuesta entender la depresión, tanto anímica como clínica, y siempre pienso que todo se puede resolver.

Pero esa no es la alegría a la que me invita el evangelio. Eso es simple positivismo. La alegría de la cruz es diferente…

Este año entendí por fin que estoy llamada a ‘ser alegría’ y no solo a estar alegre; a vivir a plenitud la felicidad de ser hija de Dios. A dar testimonio de ese gozo en todas y cada una de mis acciones. ¡Que tarea tan interesante!

Creo que nadie define mejor la alegría a la que está llamado el cristiano como las ‘Teresas’: Santa Teresa de Ávila y Santa Teresita del Niño Jesús. La primera decía: “Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda. La paciencia todo lo alcanza; quien a Dios tiene nada le falta: Sólo Dios basta”. Y la segunda nos recordaba en su pequeño camino espiritual que “mi alegría es ser pequeña, permanecer pequeña, así, si alguna vez en el camino caigo, me levanto enseguida, y mi Jesús me coge de la mano”.

Entonces la verdadera alegría está en la confianza, en saber que Dios nos lleva de la mano, en que siempre está ahí para nosotros, en que todo lo que nos sucede es pasajero. Es ver la gracia de Dios en las cosas pequeñas. ¡Es saber que solo Dios basta!

Ser alegría es agarrarse de Dios en la tristeza, en la ira, en la desesperanza, en el cansancio, en la decepción…en la ‘noche oscura’. Ser alegría es agradecer la bendiciones grandes y pequeñas, es la satisfacción del servicio, la sonrisa a un hermano. Ser alegría es saber que todo pasa y que estar y vivir en el hoy es el verdadero ‘presente’.

Y ese será mi reto: lograr ser alegría en todo y para todos. Esforzarme realmente para mostrar el rostro y el corazón de Cristo. Será recordar que ‘todo pasa’ y que Jesús me agarra de la mano para que pueda levantarme cuando me caigo. Será saber que vivo por Él y para Él y que esta vida es pasajera pues mejores cosas me esperan en el cielo. Y cuando llegue el sufrimiento trataré de abrazarlo con aun más alegría, aprovechando esa cruz que me es enviada para mi salvación.

Será una dura tarea, pero no me decepcionará cuando no logre mi cometido de ‘ser alegría’, porque la alegría del cristiano también es recurrir a la misericordia infinita de Dios, que siempre perdona nuestra ira y desesperanza.

Seamos alegría.

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