Salir del closet

IMG_0518No es fácil confesarlo, pero por muchos años viví avergonzada de mi realidad. Por muchos años evadí dar muestras visibles de mis convicciones y evitaba conversaciones que pudieran dar pistas de lo que hacía o en lo que creía. Era, por decirlo así, una católica de closet.

Durante una época, y motivada por un novio que tenía (para qué ocultarlo) viví una vida de fe bastante ‘hardcore’: iba a misa todos los días, pertenecía a grupos de oración, participaba de convivencias y hasta formaba parte de actividades y peregrinaciones parroquiales. No obstante, no le daba a conocer estas cosas a mucha gente. Evitaba confesar que un sábado cualquiera, en lugar de ir a la playa, iba a misa de medio día o que alguno que otro miércoles me quedaba en la parroquia con un montón de viejitas setentonas orando en la capilla del santísimo, o que de vez en cuando me tocaba quedarme en la iglesia los domingos después de misa para vender comidas y recaudar fondos para la parroquia. De eso no hablaba ni por casualidad porque ‘eso’ no era cool y yo no podía darme el lujo de dejar de ser cool por nada del mundo.

Pero esa ‘doble vida’ no se sostiene por mucho rato y con el tiempo abandoné por completo mi vida de católica oculta para vivir a plenitud mi vida en el mundo, con la gente cool, siendo cool. Eso era mucho más fácil. No había que sacrificar los domingos, podía hacer planes para ir a la playa o viajar a Nueva York en Semana Santa, podía festejar con mis amigas en Navidad sin necesidad de ir a misa de gallo, y la conciencia no me remordía tanto porque nadie me recordaba cómo vivir de cara al evangelio.


Sin embargo, con el paso de los años y tratando de despojarme de la inmadurez que todavía me acecha -y aveces me domina-, sentí el deseo (y la necesidad) de volver a vivir esa vida de fe un poco más intensa y comprometida. Dios, que todo lo hace perfecto y ha sido sumamente paciente e insistente conmigo, me puso las herramientas para abrazar nuevamente dicha vida de fe a través de Su Iglesia. Pero esta vez me invitó a vivirla con mayor intensidad, con más madurez, con sus altas y sus bajas, en obediencia, aceptándome cómo soy y de donde vengo. Me invitó a salir del closet. Me invitó a confesarlo a diario, a no avergonzarme si rezo antes de comer en algún lugar público, a defender Su Iglesia, a tener misericordia, a donar mi tiempo y mis talentos, a participar de los sacramentos, y a estar abierta a la vida, entre muchas otras cosas.

No ha sido una decisión fácil pero es la que me hace feliz, es la que me ayuda a vivir de cara al evenagelio y la que me permite guiar a mis hijas por una vida de fe.

El compromiso de la vida cristiana es una decisión de todos los días, tanto cuando quieres como cuando no quieres, porque muchas veces te acuerdas que de la ‘otra’ forma es más fácil, pero no es la más satisfactoria, al menos para mi. Y esta decisión también significa que muchos te abandonarán, que muchos simplemente no pueden seguir a tu alrededor y, aunque los sigas queriendo, debes aceptar con amor su distancia y el sufrimiento que ese quiebre representa.

Después de todo estamos aquí de paso y lo que debe importarnos es ganar la vida eterna y llevar almas al cielo, ¿no?

Y eso es bastante cool.

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