Las aventuras de la Sagrada Familia

  
Hace dos años encontramos en una tienda en Puerto Rico un simpático nacimiento de fieltro y peluche, y desde  entonces dicha estampa de la Natividad no solo ha servido como decoración en casa, sino como juguete para mis niñas, especialmente para la mayor. 

El año pasado, viendo el furor que causó el famoso ‘Elf on the Shelf’, decidí hacer mi versión católica del juego con los personajes de la Sagrada Familia. 

El juego nos ha servido para instruir a nuestras hijas acerca del nacimiento del Niño Jesús y a animarlas en la espera (principalmente a la mayor, obviamente). 

Aquí les comparto algunas fotos de las aventuras de la Sagrada Familia en nuestro hogar. 

   
    

   

Herramientas para católicos caóticos

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La semana pasada recibí un mensaje de una amiga en el que me enviaba algunos apps que la han ayudado a mantener una vida de oración dentro del caos del día a día. Yo, que también uso varios apps para ayudarme a organizar mejor mis ratos de oración y meditación, busqué y bajé los que me recomendó mi amiga y decidí investigar más acerca de todas esas herramientas que combinan la tecnología con la vida de fe. De esa búsqueda nace este post. Espero les sirva.

1. BibleDice.com

BibleDice.com es una página de internet que selecciona al azar lecturas bíblicas con un solo click. Tengo varias anécdotas del uso de esta herramienta, pero mi preferida es de hace escasamente tres meses y medio, cuando mi esposo y yo nos enteramos de nuestro tercer embarazo. En el pasado, cuando supimos de los embarazos de nuestras primeras dos hijas, buscábamos alguna lectura al azar en la Biblia para ver qué Dios nos estaba manifestando con esto. En esta ocasión, y respetando el impacto emocional que le ocasionó este tercer embarazo a mi marido (LOL!), decidí no pedirle que me bajara nuestra pesada Biblia del estante en el que la mantenemos y decidí recurrir a BibleDice.com, que me sorprendió con la lectura de Mateo 14, 22-33.

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2. Rosary Pro

Rosary Pro es un app que funciona como guía en el rezo del rosario. Tiene la opción de rezar leyendo el texto, rezar pasando cuentas o escuchar el rosario. Está en varios idiomas y te permite además compartir tus intenciones en Facebook o Twitter así como pedir oración en estas mismas redes sociales. Por lo general uso Rosary Pro mientras manejo o antes de dormir.

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3. Divina Misericordia

Esta útil herramienta para iPhone, iPad y iPhone Touch te envía una notificación cada día a las 3pm, hora de la Misericordia. Al igual que Rosary Pro, este app es una guía de oración de la coronilla  de la Divina Misericordia y te permite compartir tus intenciones en redes sociales. Está disponible en 13 idiomas. Tiene un costo de $1.99USD.

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4. ¡Hola Jesús!

Esta aplicación, desarrollada por el Padre José Pedro Manglano, está destinada a todos aquellos con pequeños en casa para infundir desde temprana edad la hermosa costumbre de hablar con el Señor. ¡Hola Jesús! es una aplicación muy visual, con reflexiones según el tiempo litúrgico, oraciones, historias de santos y recursos de catequesis para niños y niñas. Con esta herramienta las familias puedan tener un espacio de oración juntas, ya que: “familia que reza unida, permanece unida”. El app tiene un costo de $0.99 centavos de dólar.

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5. Rezando Voy

RezandoVoy, en sus tres versiones (app, página de internet y podcast), nos presenta una lectura diaria, cantos, reflexiones y preguntas para hacernos internamente que permiten un acercamiento profundo con Dios. Es una forma diferente de hacer oración con contenido nuevo para cada día y tiempo litúrgico. Es excelente para poder escuchar el tiempo mientras vamos en el auto o hacemos tareas en la casa.

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Para más información sobre apps católicas haz click en este enlace de catholic-link.com, el cual usé de fuente y recurso para este post.

 

 

 

Salir del closet

IMG_0518No es fácil confesarlo, pero por muchos años viví avergonzada de mi realidad. Por muchos años evadí dar muestras visibles de mis convicciones y evitaba conversaciones que pudieran dar pistas de lo que hacía o en lo que creía. Era, por decirlo así, una católica de closet.

Durante una época, y motivada por un novio que tenía (para qué ocultarlo) viví una vida de fe bastante ‘hardcore’: iba a misa todos los días, pertenecía a grupos de oración, participaba de convivencias y hasta formaba parte de actividades y peregrinaciones parroquiales. No obstante, no le daba a conocer estas cosas a mucha gente. Evitaba confesar que un sábado cualquiera, en lugar de ir a la playa, iba a misa de medio día o que alguno que otro miércoles me quedaba en la parroquia con un montón de viejitas setentonas orando en la capilla del santísimo, o que de vez en cuando me tocaba quedarme en la iglesia los domingos después de misa para vender comidas y recaudar fondos para la parroquia. De eso no hablaba ni por casualidad porque ‘eso’ no era cool y yo no podía darme el lujo de dejar de ser cool por nada del mundo.

Pero esa ‘doble vida’ no se sostiene por mucho rato y con el tiempo abandoné por completo mi vida de católica oculta para vivir a plenitud mi vida en el mundo, con la gente cool, siendo cool. Eso era mucho más fácil. No había que sacrificar los domingos, podía hacer planes para ir a la playa o viajar a Nueva York en Semana Santa, podía festejar con mis amigas en Navidad sin necesidad de ir a misa de gallo, y la conciencia no me remordía tanto porque nadie me recordaba cómo vivir de cara al evangelio.


Sin embargo, con el paso de los años y tratando de despojarme de la inmadurez que todavía me acecha -y aveces me domina-, sentí el deseo (y la necesidad) de volver a vivir esa vida de fe un poco más intensa y comprometida. Dios, que todo lo hace perfecto y ha sido sumamente paciente e insistente conmigo, me puso las herramientas para abrazar nuevamente dicha vida de fe a través de Su Iglesia. Pero esta vez me invitó a vivirla con mayor intensidad, con más madurez, con sus altas y sus bajas, en obediencia, aceptándome cómo soy y de donde vengo. Me invitó a salir del closet. Me invitó a confesarlo a diario, a no avergonzarme si rezo antes de comer en algún lugar público, a defender Su Iglesia, a tener misericordia, a donar mi tiempo y mis talentos, a participar de los sacramentos, y a estar abierta a la vida, entre muchas otras cosas.

No ha sido una decisión fácil pero es la que me hace feliz, es la que me ayuda a vivir de cara al evenagelio y la que me permite guiar a mis hijas por una vida de fe.

El compromiso de la vida cristiana es una decisión de todos los días, tanto cuando quieres como cuando no quieres, porque muchas veces te acuerdas que de la ‘otra’ forma es más fácil, pero no es la más satisfactoria, al menos para mi. Y esta decisión también significa que muchos te abandonarán, que muchos simplemente no pueden seguir a tu alrededor y, aunque los sigas queriendo, debes aceptar con amor su distancia y el sufrimiento que ese quiebre representa.

Después de todo estamos aquí de paso y lo que debe importarnos es ganar la vida eterna y llevar almas al cielo, ¿no?

Y eso es bastante cool.

Mami, ya es de día

Cada mañana, a penas sale el sol, mi hija mayor, María Stella, me despierta gritando “mami, ya es de día”. Por lo general me despierto casi una hora antes que ella, pero me quedo en la cama esperando escuchar ‘la alarma’ con voz de niña de casi cuatro años.

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Se que cuando se materializa el llamado debo salir de la cama e iniciar las labores del día: desayunos, meriendas, pañales y -depende del día- negociaciones diplomáticas con María Stella para que se vista y vaya al colegio.

No voy a negar que a veces me gustaría detener el tiempo o que ese llamado tardase en llegar. O que fantaseo con el día en que se despierten solas y no llamen a mamá para salir de la cama. Pero el deber de madre llama y arrastro mis pies hasta sus camas para llenarlas de besos.

Y es en esa ‘arrastrada de pies’ cuando recuerdo que la maternidad, y la vida en familia en general, es un servicio, es donarse para que otro sea feliz. Es una de las lecciones más maravillosas de esta vocación; es realmente ponerse de último y renunciar a mis deseos, a mis gustos a mi comodidad por el bien de los que me rodean.

La primera vez que esta ‘lección’ me golpeó de forma arrolladora fue durante los primeros meses de vida de María Stella, cuando inicié la lactancia. Ha sido, sin lugar a dudas, lo más difícil que he hecho en mi vida. ¿Cómo es posible que tenga que estar sentada horas y horas con una niña pegada al pecho, sin poder moverme, o comer o ir al baño para que ella se alimente? Recuerdo que le preguntaba a todas las madres lactantes que conocía cuánto tiempo duraría esa ‘etapa’ o si esto o aquello era normal. Simplemente no podía creer que tuviese que estar encarcelada en una mecedora por horas y horas… Y todas me decían lo mismo, con la más profunda resignación: “así es la vida de madre”.

Y así es, ese es el tamaño del sacrificio. Es aprender a dejar de lado lo que yo necesito por lo que ellos necesitan, y cuando se acepta esa renuncia la carga se hace realmente liviana.

Cada día le pido a Dios que me de voluntad de servicio y entrega, que pueda aceptar ese “mami, ya es de día” con felicidad y disposición; que me de fuerzas para ir al encuentro de mis hijas con la mejor cara, con la mejor sonrisa, sin buscar nada a cambio, solo para hacerlas felices y gozar de la satisfacción de la renuncia propia.

Que así me ayude Dios.